Más de 15 horas sin electricidad han convertido a Los Nuevos Teques en otro símbolo del colapso que consume a Venezuela. Cientos de familias pasaron la noche entre calor, oscuridad, comida dañada y la desesperación de no saber cuándo regresará un servicio que debería ser básico y garantizado. Vecinos denuncian que la falla mantiene paralizados hogares, comercios y hasta el suministro de agua, porque sin energía tampoco funcionan las bombas ni las comunicaciones.
Mientras los venezolanos sobreviven contando minutos sin luz, el chavismo sigue contando discursos vacíos. Lo que antes era un país con uno de los sistemas eléctricos más sólidos de América Latina hoy es una nación atrapada en apagones interminables, producto de años de corrupción, abandono y destrucción institucional. La tragedia no nació de la nada. Fue sembrada durante años por un modelo que convirtió la improvisación en gobierno y el colapso en rutina.
Ahora, bajo el interinato de Delcy Rodríguez, la crisis parece profundizarse aún más. Las familias de Los Nuevos Teques no solo enfrentan la oscuridad física, también cargan el peso de una incertidumbre cruel. Hay niños sin poder dormir por el calor, ancianos angustiados por falta de agua y trabajadores que ven cómo se dañan sus alimentos y electrodomésticos mientras Corpoelec guarda silencio.
Los testimonios se repiten como un eco doloroso en todo el país. Comercios cerrados, semáforos apagados, hospitales afectados y ciudadanos obligados a cocinar a oscuras forman parte de una escena que ya parece normalizada en Venezuela. Sin embargo, nunca debería ser normal que un pueblo entero viva condenado a sobrevivir entre apagones.
La oscuridad que hoy golpea a Los Nuevos Teques no es solamente eléctrica. Es la consecuencia de años de destrucción chavista, de promesas incumplidas y de un país que poco a poco fue apagándose ante la mirada indiferente del poder.
