De los contratos eléctricos durante el chavismo a una posición privilegiada en el nuevo negocio petrolero venezolano con Estados Unidos. En el camino aparecen sociedades en Barbados, negocios con Gazprombank, un litigio con el exembajador Otto Reich, una investigación del Departamento de Justicia y una relación profesional con Rudy Giuliani. La trayectoria de Betancourt plantea preguntas que van mucho más allá de la operación del 3 de enero de 2026.
La imagen de Alejandro Betancourt cambió de manera radical el 3 de enero de 2026.
Hasta entonces, el empresario venezolano era conocido principalmente por haber hecho fortuna durante los años de Hugo Chávez, por sus negocios en el sector energético y por las investigaciones que durante años habían seguido su rastro en distintos países. Después de la operación estadounidense que terminó con la salida de Nicolás Maduro del poder, su nombre comenzó a aparecer en otro contexto: como intermediario entre Washington y Caracas y como uno de los principales protagonistas del nuevo mapa petrolero venezolano.
El giro resulta extraordinario.
Pero hay un elemento que suele perderse cuando se cuenta esta historia: Betancourt no apareció de repente en enero de 2026.
Su relación con Estados Unidos, su presencia en estructuras empresariales internacionales y sus vínculos con el negocio petrolero venezolano se remontan, al menos, a más de una década.
Reconstruir esa trayectoria no permite concluir que Betancourt haya trabajado para la CIA ni que haya formado parte de una operación secreta de inteligencia. No existe evidencia pública suficiente para sostenerlo. Sí permite, en cambio, identificar una red empresarial y política que ayuda a explicar por qué, cuando Venezuela entró en una nueva etapa, Betancourt ya ocupaba una posición singular.
Los primeros años y Derwick
Alejandro Betancourt López nació en Caracas en 1980. Estudió en el Colegio Cumbres y posteriormente se trasladó a Boston, donde cursó estudios en Suffolk University. Su biografía empresarial señala además estudios de posgrado en Oxford.
Su trayectoria profesional comenzó en el sector energético y, según su propio currículum, pasó por compañías dedicadas al comercio de petróleo y derivados antes de incorporarse a empresas vinculadas con el comercio internacional y la generación eléctrica. La documentación pública sobre esta primera etapa es, sin embargo, desigual y parte de la información procede de las biografías elaboradas por el propio empresario.
El salto decisivo llegaría con Derwick Associates.
La empresa, vinculada a Betancourt y a otros empresarios venezolanos, comenzó a obtener contratos para construir y poner en funcionamiento plantas de generación eléctrica durante la crisis energética que atravesó Venezuela a finales de la década de 2000.
Sus contratos con empresas estatales venezolanas llegaron a alcanzar cifras muy elevadas. Sus detractores sostuvieron que los negocios habían sido favorecidos por sus conexiones políticas y cuestionaron los mecanismos mediante los cuales fueron adjudicados. Derwick negó las acusaciones de corrupción.
Fue el comienzo de la fortuna de Betancourt y también del escrutinio que lo acompañaría durante los años siguientes.
Una empresa venezolana con una estructura internacional
Derwick pronto dejó de ser únicamente una compañía vinculada a Venezuela.
En Estados Unidos aparecieron estructuras corporativas relacionadas con la empresa y Betancourt mantuvo propiedades y relaciones financieras y jurídicas en Nueva York.
En un litigio presentado posteriormente ante un tribunal federal de Manhattan, el juez describió a Betancourt como cofundador y presidente de Derwick Associates. La resolución señaló que Derwick Associates USA estaba constituida en Florida, que otra sociedad del grupo estaba registrada en Barbados y que los demandados gestionaban los asuntos cotidianos de ambas desde una oficina en Nueva York.
El dato es relevante porque demuestra que la conexión con Estados Unidos no surgió en 2026.
Ya estaba incorporada a la arquitectura empresarial de Betancourt mucho antes.
2011: el petróleo introduce a Rusia en la ecuación
En 2011 apareció una nueva dimensión en el negocio.
Según una investigación de Organized Crime and Corruption Reporting Project, ese año fue constituida en Barbados Derwick Oil and Gas. Entre sus directores figuraban Betancourt, Pedro Trebbau y Francisco Convit.
La compañía se vinculó posteriormente con Gazprombank, uno de los principales bancos rusos, con el que creó Gazprombank Latin America Ventures. Posteriormente, esa estructura se asoció con una filial de PDVSA para constituir Petrozamora y explotar campos petroleros en el estado Zulia.
La conexión empresarial es especialmente significativa porque colocó a Betancourt dentro de un negocio en el que coincidían tres actores estratégicos: el Estado venezolano, capital ruso y empresarios privados vinculados a Derwick.
Investigaciones posteriores también encontraron estructuras financieras relacionadas con esos negocios en Luxemburgo.
Nada de esto demuestra que existiera un acuerdo político entre Betancourt y el Kremlin.
Sí demuestra que, desde 2011, su trayectoria empresarial estaba conectada con una de las principales instituciones financieras rusas y con el sector petrolero venezolano.
Esa conexión adquirirá una nueva lectura años después, cuando Washington convierta la reducción de la influencia rusa y china sobre el petróleo venezolano en uno de los objetivos de su nueva política energética.
Otto Reich y el episodio de Nueva York
En 2012 apareció otro personaje importante en la historia: Otto Reich.
Reich había sido embajador de Estados Unidos en Venezuela y era una figura conocida de la política exterior estadounidense hacia América Latina.
Cuando trabajaba como consultor para un banco venezolano, surgió un conflicto con empresarios vinculados a Derwick. En 2013, Reich presentó una demanda en Nueva York contra Betancourt y otros ejecutivos de la compañía.
La demanda contenía acusaciones de interferencia con sus relaciones profesionales y describía varios episodios en los que, según el relato de Reich, personas vinculadas a Derwick intentaron que abandonara su trabajo para el banco.
El propio tribunal dejó claro que, en esa etapa procesal, los hechos descritos en la demanda eran alegaciones de los demandantes y debían ser aceptados como ciertos únicamente para resolver la moción de desestimación.
El caso terminó siendo desestimado por cuestiones relacionadas con las reclamaciones federales y la jurisdicción sobre algunas de las demandas estatales. Posteriormente, una corte de apelaciones confirmó el resultado.
La precisión es importante: el litigio no terminó con una sentencia que estableciera como verdaderas las acusaciones de Reich.
Pero el episodio tiene valor histórico.
A comienzos de la década de 2010, Betancourt ya estaba enfrentado en los tribunales estadounidenses con un antiguo embajador de Washington en Caracas.
Su nombre había entrado, de forma directa, en uno de los círculos más sensibles de la relación entre Estados Unidos y Venezuela.
2019: Giuliani y el Departamento de Justicia
Seis años después, Betancourt volvió a aparecer en Washington.
Esta vez, el vínculo fue todavía más llamativo.
En 2019, el Departamento de Justicia investigaba un caso de presunto lavado de dinero relacionado con fondos de PDVSA. Betancourt no fue acusado formalmente, pero contrató como abogado a Rudy Giuliani, quien en ese momento era el abogado personal de Donald Trump.
Según The Washington Post, Giuliani se alojó en una propiedad de Betancourt en España y posteriormente participó en una reunión con altos funcionarios del Departamento de Justicia para discutir el caso de su cliente.
El episodio convirtió a Betancourt en un personaje todavía más singular.
Por un lado, estaba siendo investigado en relación con un caso de corrupción y lavado de dinero vinculado a la industria petrolera venezolana.
Por otro, tenía como representante a una de las personas más próximas al presidente estadounidense.
Betancourt negó haber cometido irregularidades.
Investigaciones internacionales
Las investigaciones no terminaron en Estados Unidos.
Durante los años siguientes, Betancourt fue objeto de pesquisas en España y Suiza relacionadas con presuntas operaciones de lavado de dinero. En 2025 fue detenido dos veces en el Reino Unido a raíz de solicitudes de extradición vinculadas con esas investigaciones.
Nunca fue acusado formalmente en Estados Unidos, España, Suiza o Venezuela, según reportes publicados recientemente.
En septiembre de 2026, Reuters informó que fiscales federales estadounidenses habían pausado una investigación sobre Betancourt relacionada con un supuesto esquema que habría involucrado más de 1.000 millones de dólares desviados de PDVSA. La agencia también señaló que no pudo determinar si la suspensión de la investigación estuvo relacionada con la cooperación de Betancourt con la administración Trump.
Ese matiz es fundamental.
Existe una investigación documentada.
Existe también una posterior cooperación con Washington según fuentes citadas por Reuters.
Lo que no está demostrado es que una cosa haya sido la causa de la otra.
El regreso al petróleo
En abril de 2024, Betancourt volvió a ocupar un lugar central en el negocio petrolero venezolano.
Ese mes creó North American Blue Energy Partners, NABEP, junto con el empresario estadounidense Harry Sargeant III. La compañía comenzó a operar bajo contratos de participación productiva con PDVSA.
La fecha importa.
NABEP no apareció después del 3 de enero de 2026. Ya existía casi dos años antes.
Además, investigaciones sobre la estructura empresarial muestran que NABEP quedó vinculada nuevamente con activos relacionados con Petrozamora, el mismo negocio petrolero en el que Betancourt había participado años atrás junto a la estructura de Gazprombank.
El pasado y el presente empezaban a encontrarse nuevamente.
El empresario que había entrado al negocio petrolero venezolano mediante una estructura vinculada a Gazprombank regresaba años después a los mismos campos, esta vez acompañado por un empresario estadounidense.
Y entonces llegó el 3 de enero
Cuando las fuerzas estadounidenses capturaron y trasladaron a Nicolás Maduro en enero de 2026, Betancourt ya tenía detrás una trayectoria de más de quince años.
Había participado en el negocio eléctrico venezolano.
Había construido estructuras corporativas en distintas jurisdicciones.
Había tenido relaciones empresariales en Estados Unidos.
Había participado en una operación petrolera vinculada a Gazprombank.
Había protagonizado un litigio con un antiguo embajador estadounidense.
Había contratado a Rudy Giuliani durante una investigación del Departamento de Justicia.
Y, desde 2024, había regresado al sector petrolero venezolano mediante NABEP.
No era, por tanto, un recién llegado.
El intermediario de Washington y Caracas
Después de la operación contra Maduro, su papel adquirió una dimensión política.
Según Reuters, Betancourt proporcionó información que ayudó a Estados Unidos a aplicar un bloqueo naval contra buques petroleros sancionados y facilitó negociaciones con funcionarios venezolanos, entre ellos Delcy Rodríguez. La agencia también informó de que continuó actuando como intermediario entre Washington y Caracas después de la operación.
The Washington Post informó previamente que altos funcionarios estadounidenses intervinieron ante autoridades suizas en relación con la investigación que afectaba a Betancourt y que el empresario comenzó a viajar a Estados Unidos para reunirse con funcionarios de la administración Trump.
Mauricio Claver-Carone, antiguo funcionario de la administración Trump y posteriormente asesor informal sobre Venezuela, lo describió como un aliado importante y como un intermediario útil por su conocimiento del sector petrolero de ambos países.
El cambio es difícil de pasar por alto.
El empresario que años antes había sido investigado por autoridades estadounidenses y europeas se convirtió en uno de los interlocutores escogidos por Washington para reorganizar el sector petrolero venezolano.
El nuevo mapa petrolero
El desenlace de esta transformación llegó en agosto de 2026, cuando Donald Trump anunció un nuevo acuerdo energético entre Estados Unidos y Venezuela.
NABEP recibió derechos de explotación sobre 17 campos petroleros con reservas estimadas en unos 65.000 millones de barriles. El Gobierno estadounidense obtuvo una participación del 35 % en la empresa y acceso preferente a parte de su producción. La estructura también otorga a Washington capacidad para proteger su participación frente a futuras ampliaciones de capital.
Algunos de los campos habían estado anteriormente vinculados a empresas chinas y rusas.
Reuters informó que la nueva estructura desplaza a varios operadores chinos y a una empresa rusa, mientras funcionarios estadounidenses presentan el acuerdo como parte de una estrategia para orientar nuevamente la industria petrolera venezolana hacia los intereses de Washington.
Es aquí donde la historia de Betancourt adquiere una dimensión geopolítica.
En 2011, su trayectoria empresarial estaba conectada con Gazprombank y con Petrozamora.
En 2026, la empresa que dirige se encuentra en el centro de una operación que reduce la presencia rusa y china en varios campos petroleros venezolanos y aumenta la participación estadounidense.
La continuidad empresarial es evidente.
La interpretación política todavía requiere cautela.
¿Una relación con la inteligencia estadounidense?
La pregunta inevitable es si todo esto significa que Betancourt trabajó, en algún momento, para una agencia de inteligencia estadounidense.
La respuesta, con la información pública disponible, es que no existe evidencia suficiente para afirmarlo.
Tampoco sería correcto convertir una sucesión de contactos empresariales y políticos en una prueba de colaboración con la CIA.
Pero la ausencia de una prueba pública no elimina el interés periodístico de la pregunta.
Si se quisiera investigar seriamente esa posibilidad, habría que reconstruir las relaciones de Betancourt no solo con la CIA, sino también con el Departamento de Estado, el Consejo de Seguridad Nacional, el Departamento del Tesoro, el Departamento de Justicia, el Pentágono y otros organismos estadounidenses que participaron en la política hacia Venezuela.
También habría que establecer cuándo comenzaron exactamente sus contactos con los funcionarios que posteriormente participaron en la transición.
Ese calendario podría ser más revelador que cualquier especulación.
¿Y Rusia?
La otra pregunta es si la trayectoria de Betancourt podría formar parte de una negociación más amplia entre Washington y Moscú.
Hasta ahora tampoco existe evidencia pública de un acuerdo Putin-Trump relacionado con Betancourt.
Lo que sí existe es una conexión empresarial concreta con Gazprombank desde 2011 y una nueva política estadounidense que, en 2026, busca reducir la presencia rusa y china en determinados activos petroleros venezolanos.
Son dos hechos distintos.
Relacionarlos requiere pruebas adicionales.
La pregunta que queda abierta
La historia de Alejandro Betancourt no comienza el 3 de enero de 2026.
Comienza mucho antes: en Caracas, continúa en Boston, pasa por los contratos eléctricos de la era Chávez, llega a las estructuras corporativas de Florida y Barbados, entra en el petróleo venezolano y se conecta con Gazprombank. Después atraviesa los tribunales de Nueva York, se cruza con Otto Reich, reaparece en Washington de la mano de Rudy Giuliani y finalmente desemboca en NABEP.
Para cuando Washington necesitó interlocutores capaces de moverse entre el poder político venezolano y la industria petrolera, Betancourt ya llevaba años construyendo ese perfil.
Eso no prueba que hubiera una operación secreta.
Pero sí plantea una pregunta mucho más concreta y verificable:
¿Cómo se construyó, durante los años anteriores al 3 de enero, la red que permitió a Alejandro Betancourt pasar de empresario favorecido durante el chavismo a socio estratégico de Washington en la nueva Venezuela?
Responderla exige mirar mucho más atrás que el día en que cayó Maduro.
Y quizá sea precisamente allí, en los años anteriores, donde se encuentre la parte más importante de esta historia.
POR: @Libertaria17082

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