Un venezolano asegura que descubrió por casualidad que sería deportado a Liberia apenas horas antes de abordar un vuelo. Ocho meses detenido, nueve centros de reclusión y una familia rota quedaron atrás en una expulsión que asegura nunca pudo defender legalmente.
Por: bitacora58.com
Lo que comenzó como un trámite migratorio terminó convirtiéndose en una pesadilla que jamás imaginó vivir.
C., es un venezolano de 36 años que llevaba cinco años viviendo y trabajando en Estados Unidos, asegura que se enteró por casualidad de que sería deportado a África. No recibió una notificación previa ni tuvo tiempo para prepararse, despedirse de su familia o intentar una defensa legal.
Su destino era Liberia, un país de África Occidental que, según relata, ni siquiera conocía.
“Me enteré de que sería deportado a África apenas unas horas antes del vuelo”, contó. Descubrió su nombre en una lista de personas que serían trasladadas y comprendió entonces que su vida estaba a punto de cambiar de manera brutal.
El 19 de agosto, agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos, conocido como ICE, lo embarcaron en un vuelo chárter desde Alexandria, Luisiana, rumbo a Liberia junto a otros migrantes procedentes de América Latina, el Caribe y África.
El traslado forma parte de un acuerdo mediante el cual Liberia aceptó recibir cerca de 1.200 personas durante un año.
Pero para C. aquel viaje no fue simplemente una deportación. Fue el final de ocho meses de angustia y detención.
El venezolano había llegado a Estados Unidos en 2021 después de abandonar Venezuela, donde asegura haber enfrentado amenazas por su posición política. En territorio estadounidense trabajaba durante el día en la venta de vehículos y por las noches realizaba entregas de comida.
Afirma que llevaba una vida normal y que tenía autorización temporal para residir y trabajar legalmente.
Todo cambió en diciembre de 2025.
Se presentó ante las autoridades migratorias para cumplir con un control rutinario y terminó detenido. Lo que inicialmente le dijeron que serían dos semanas terminó convirtiéndose en ocho meses de encierro y traslados constantes, “En ocho meses me trasladaron por nueve centros de detención diferentes”, relató.
Según su testimonio, algunos de esos lugares estaban en condiciones deplorables y compartía espacio con personas acusadas de delitos, pese a que él sostiene que no tiene antecedentes, pero hubo un golpe todavía más doloroso.
Mientras permanecía encerrado nació su único hijo. Hoy el niño tiene cinco meses y C. todavía no puede abrazarlo.
Solo puede verlo mediante una pantalla.
La tragedia familiar también aparece en el relato de A., otro venezolano de 45 años enviado a Liberia. Según contó, fue trasladado por cuatro centros de detención y asegura que su abogado nunca fue informado de esos movimientos ni de la deportación.
A. afirma que también contaba con protección frente a una repatriación a Venezuela y que no tenía antecedentes penales.
Sin embargo, fue detenido mientras su esposa quedó en libertad.
El viaje hacia África, según su testimonio, terminó de convertir el miedo en terror. Asegura que fue obligado a subir al avión bajo amenaza de ser llevado por la fuerza y que los deportados permanecieron encadenados durante las aproximadamente 15 horas de vuelo.
Al llegar a Liberia, algunos de los deportados se negaron a abandonar el avión. Seis personas fueron posteriormente trasladadas a Malabo, Guinea Ecuatorial.
Los venezolanos que permanecieron en Liberia fueron llevados a un hotel en Marshall, una localidad costera situada a unos 50 kilómetros de Monrovia.
Y allí continúa la incertidumbre.
Sin saber cuándo podrán salir, sin sus familias y en un país con el que no tenían vínculos, los venezolanos enfrentan ahora una nueva realidad lejos de Estados Unidos.
Para A., las consecuencias ya están golpeando a sus hijos.
Cuenta que su hija comenzó terapia y que constantemente le pregunta por qué su padre está en África si asegura no haber cometido ningún delito. Su hijo mayor incluso ha planteado abandonar la escuela para trabajar y ayudar económicamente a la familia.
“Están destruyendo familias enteras”, afirmó entre lágrimas.
La deportación también cambió completamente su visión del futuro.
Asegura que ya no quiere regresar a Estados Unidos y que contempla pedir asilo en Europa junto a su familia.
Lo que alguna vez fue el país donde buscó una nueva oportunidad terminó convertido, según sus propias palabras, en el lugar del que ahora solo quiere alejarse.
Dos historias venezolanas que terminan separadas por miles de kilómetros de sus familias y atrapadas en una decisión migratoria que, según sus testimonios, conocieron cuando ya prácticamente no había tiempo para reaccionar.
Para ellos, la deportación no terminó al aterrizar en África.
Allí comenzó otra incertidumbre.
Con información de El País
