El reciente llamado de Delcy Rodríguez a la “convivencia y paz” en Venezuela merece un análisis crítico, especialmente cuando se contrasta con la realidad que viven miles de ciudadanos que salen a las calles a exigir condiciones de vida dignas. En un país golpeado por años de crisis económica, salarios insuficientes y deterioro de los servicios básicos, la protesta social no es un capricho, sino una expresión legítima del descontento colectivo.
Hablar de paz en abstracto resulta problemático cuando, en la práctica, ese discurso se traduce en mecanismos de control y represión, para muchos venezolanos, la experiencia ha sido clara: cada vez que se alzan voces para reclamar mejores salarios o condiciones laborales, la respuesta del régimen no ha sido el diálogo efectivo, sino la contención mediante cuerpos de seguridad, restricciones y, en algunos casos, criminalización de la protesta.
La “convivencia” no puede construirse sobre el silencio forzado, una sociedad verdaderamente en paz requiere canales abiertos para la expresión ciudadana, instituciones que escuchen y políticas públicas que atiendan las demandas más urgentes, cuando estos elementos faltan, el llamado a la calma puede percibirse como una estrategia para desmovilizar y deslegitimar las reivindicaciones sociales.
Además, el deterioro del poder adquisitivo ha colocado a amplios sectores de la población en una situación límite. Trabajadores públicos, docentes, personal de salud y jubilados han sido particularmente afectados, viendo cómo sus ingresos no alcanzan para cubrir necesidades básicas, en este contexto, protestar no solo es un derecho, sino una necesidad.
En definitiva cualquier discurso oficial que invoque la paz debe ir acompañado de acciones coherentes, de lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una herramienta retórica que, lejos de unir, profundiza la brecha entre el poder y la ciudadanía, la verdadera convivencia sólo será posible cuando protestar deje de ser visto como un acto de confrontación y pase a ser reconocido como lo que es: un ejercicio legítimo de participación democrática.
Por: Victor Ugas

Periodista venezolano / Cuento historias / Sobreviviente de 3 prisiones de la dictadura de Maduro/ Fiel creyente en Dios
