Venezuela volvió a vestirse de luto. Esta vez no solo por la muerte de una madre desesperada, sino por el símbolo doloroso en el que se convirtió Carmen Teresa Quero, una mujer que pasó sus últimos meses recorriendo cárceles, oficinas y pasillos oscuros del poder buscando respuestas sobre su hijo desaparecido mientras el chavismo guardaba silencio.
La noticia de su fallecimiento cayó como un golpe seco sobre millones de venezolanos que hoy sienten que el país se desmorona entre la impunidad, el miedo y la indiferencia oficial. Carmen Teresa Quero murió sin justicia plena, después de cargar durante más de un año el sufrimiento de no saber dónde estaba su hijo Víctor Hugo Quero Navas, detenido por organismos del régimen y posteriormente hallado muerto bajo custodia estatal.
La dirigente opositora María Corina Machado reaccionó con dureza y profundo dolor. En sus declaraciones recordó que Carmen Teresa pasó “de cárcel en cárcel” implorando información mientras recibía “burla y silencio” de las instituciones controladas por el chavismo.
Machado volvió a acusar al aparato chavista de haber “desaparecido, torturado y asesinado” a Víctor Hugo Quero, calificando todo el caso como un crimen de lesa humanidad y una muestra más del horror sistemático que atraviesa Venezuela.
Detrás de esta tragedia muchos venezolanos ven el rostro de un país destruido tras más de dos décadas de revolución chavista. Un país donde las madres envejecen haciendo filas frente a prisiones militares, donde los hijos desaparecen y donde el poder parece haberse acostumbrado al dolor ajeno. La llegada del interinato encabezado por Delcy Rodríguez tampoco ha calmado las críticas ni el desespero social, mientras continúan las denuncias de persecución, represión y violaciones a los derechos humanos.
La historia de Carmen Teresa Quero deja una herida difícil de cerrar. Su imagen caminando bajo el sol caraqueño con fotografías de su hijo en las manos ya quedó grabada en la memoria colectiva de Venezuela. Para muchos no murió solamente una madre. Murió otra víctima silenciosa de un sistema que convirtió la desesperación en rutina y el sufrimiento en paisaje cotidiano.
Hoy, mientras el país sigue dividido entre el miedo y la esperanza, queda una reflexión inevitable. Ninguna revolución puede llamarse humana cuando las madres terminan enterrando hijos entre dudas, silencio y abandono estatal. Venezuela no solo perdió a Carmen Teresa Quero. Perdió otra parte de su alma.
