Venezuela volvió a tocar fondo. Y cuando parecía imposible caer más bajo después de más de dos décadas de chavismo, la tragedia de Carmen Teresa Navas terminó convirtiéndose en otra postal cruel de un país destruido por la indolencia, el abuso de poder y la mentira institucionalizada.
La señora Carmen teresa recorrió cárceles, tribunales y oficinas públicas buscando a su hijo Víctor Hugo Quero Navas. Suplicó respuestas. Lloró frente a funcionarios. Imploró humanidad. Mientras tanto, organismos del Estado venezolano ya conocían la verdad más terrible. Su hijo había muerto bajo custodia estatal y aun así la dejaron vivir durante meses en un infierno de incertidumbre.
Lo más indignante es que la propia Defensoría del Pueblo a cargo de Eglée González Lobato, recibió a Carmen Teresa Navas, le habló de acompañamiento institucional y le prometió respuestas verificables cuando ya existían serias sospechas y contradicciones sobre el destino de Víctor Hugo Quero.
Hoy, tras la muerte de la señora Carmen Teresa Navas, la misma institución publica condolencias solemnes y mensajes de pesar. Un comunicado frío, burocrático y vacío que para muchos venezolanos suena más a cinismo que a humanidad.
Porque el problema no es solamente una muerte. El problema es la perversidad de un sistema que convirtió el dolor humano en trámite político. Un país donde una madre octogenaria tuvo que descubrir que su hijo había sido enterrado prácticamente en secreto, mientras funcionarios seguían negando información y jugando con su esperanza.
El chavismo destruyó las instituciones venezolanas hasta convertirlas en cascarones propagandísticos. Y ahora, bajo el interinato de Delcy Rodríguez, la descomposición moral parece todavía más obscena. Ya no intentan ocultar la crueldad. La administran con comunicados, sonrisas oficiales y discursos de derechos humanos mientras las familias entierran a sus hijos y mueren de tristeza.
La historia de Carmen Teresa Navas no es un hecho aislado. Es el retrato de un país donde la verdad llega tarde, donde la justicia nunca aparece y donde el poder aprendió a convivir con el sufrimiento ajeno sin sentir culpa.
Quizás lo más doloroso de todo es imaginar a esa madre aferrada a la esperanza hasta el último momento. Pensando que todavía podía abrazar a su hijo. Confiando en funcionarios que ya conocían el desenlace fatal.
Y allí está la herida más grande de Venezuela. No solamente la pobreza o la crisis. Es la destrucción total de la sensibilidad humana. Un país donde una madre puede ser humillada públicamente mientras el Estado guarda silencio sobre la muerte de su hijo.
Carmen Teresa Navas murió pocos días después de conocer la verdad. Como si el corazón simplemente no resistiera tanta crueldad junta.
