Las calles de Venezuela cada amanecen cambiando de rostro y también de dueño. Obreros y empleados gubernamentales comenzaron a retirar las gigantescas vallas de Nicolás Maduro en todo el país, que durante años inundaron avenidas, autopistas y edificios públicos como símbolos de una propaganda asfixiante que acompañó la destrucción del país, empezaron por PDVSA.
Durante años el régimen convirtió cada pared en un altar político mientras hospitales colapsaban, millones huían del país y familias enteras sobrevivían entre apagones, hambre y miseria. Hoy esas mismas gigantografías son arrancadas en silencio por trabajadores del propio Estado, como si intentaran borrar de golpe el rostro de quien condujo a Venezuela al abismo.
Y en medio de todo aparece un nombre que cada vez pesa más dentro de la tragedia venezolana. Delcy Rodríguez. Desde que asumió el interinato tras la caída o la traición política a Nicolás Maduro, el chavismo comenzó una operación interna de reacomodo donde antiguos símbolos del madurismo han sido apartados, desmontados o simplemente eliminados del paisaje oficial.
Por eso ya son muchos los que murmuran en voz alta lo que antes parecía impensable. Que Delcy entregó a Maduro y ahora intenta salvar los restos del régimen sacrificando al hombre que durante años fue presentado como el heredero eterno de la revolución. Mientras algunos sectores chavistas todavía se aferran a discursos de lealtad absurda, otros observan cómo el poder se mueve sin sentimientos ni fidelidades.
El chavismo siempre funcionó así. Primero idolatra. Después destruye. Lo hizo con antiguos aliados, militares, ministros y ahora hasta con el propio Maduro. La revolución que prometió dignidad terminó devorándose a sí misma frente a un país exhausto, saqueado y emocionalmente roto.
Las vallas que hoy desmontan no son solo pedazos de metal y plástico. Son el símbolo de una mentira gigantesca construida durante años sobre el sufrimiento de millones de venezolanos. Son el retrato de una Venezuela donde la propaganda crecía mientras los salarios desaparecían y los jóvenes escapaban caminando por fronteras infestadas de hambre y desesperación.
Quizás lo más doloroso no sea ver caer el rostro de Maduro de las calles. Lo verdaderamente devastador es recordar cuántas vidas quedaron enterradas mientras esos carteles seguían iluminados noche tras noche en un país que el chavismo convirtió en ruinas.
