ESCÁNDALO SACUDE A LOS “HEREDEROS DEL PODER” EN VENEZUELA.
Lo que comenzó como un rumor de pasillo terminó estallando como una bomba en los círculos empresariales y políticos del país. Desde el pasado 13 de marzo, Georgeo Beirouti Ragusa, joven de 26 años e hijo de los reconocidos empresarios Elías Beirouti Khouri y María Gabriela Ragusa, propietarios de la firma Motos Bera permanece bajo custodia en la sede del CONAS en Quinta Crespo, tras un procedimiento que ha levantado más preguntas que respuestas. Su detención, ejecutada en su residencia en la urbanización La Arboleda de Maracay, fue descrita por testigos como un “operativo sorpresivo”, casi de película, que desató especulaciones de todo tipo.

En cuestión de horas, las redes sociales ardieron. Versiones cruzadas apuntaban a una posible reactivación de viejos expedientes vinculados a fraudes con divisas de CADIVI, mientras otros rumores señalaban directamente al entorno de poder, mencionando incluso a José David Cabello en supuestas represalias por presuntas irregularidades en la importación de motocicletas.

El caso parecía tomar tintes políticos, alimentando la narrativa de una nueva purga dentro de las élites económicas cercanas al oficialismo.
Pero detrás del ruido mediático y las teorías de alto nivel, una versión más cruda y explosiva comenzó a tomar fuerza. Fuentes cercanas al caso aseguran que todo se habría desencadenado por una violenta riña ocurrida horas antes en la manga de coleo Carlos Raúl Villanueva, en Maracay.


Lo que parecía un altercado “entre panas” habría escalado a niveles que encendieron las alarmas de las autoridades, provocando una reacción inmediata que terminó con la captura del joven empresario.
El incidente, que comenzó como una discusión de escoltas, originada por los de Beirouti, habría escalado al enfrentarse a personal de confianza de Jorge Rodríguez. Esta conexión habría activado la rápida respuesta de la Guardia Nacional, repitiendo un patrón de «castigos ejemplares» ordenados desde las altas esferas del gobierno, similar a lo ocurrido en meses pasados con Juan Carlos Ferro en el restaurante MoDo o Francisco Convit en las canchas de padel de Santa Fe.
Hoy, mientras Georgeo sigue tras las rejas en Caracas, el silencio oficial solo alimenta el morbo y la incertidumbre. ¿Se trata de un simple caso de violencia descontrolada o estamos ante un nuevo capítulo de ajustes de cuentas dentro del poder? En Venezuela, donde las líneas entre negocios, política y justicia parecen cada vez más difusas, este caso promete seguir dando de qué hablar… y mucho.
¿DE DODE VIENE EL «ENCHUFE DE LOS BEIROUTE RAGUSA?
Los rumores sobre el “enchufe” de la familia Beirouti Ragusa con el chavismo ha estado marcada más por señalamientos y percepciones que por confirmaciones oficiales.
Su crecimiento empresarial, especialmente con la marca Motos Bera, ocurrió en paralelo al auge del control estatal sobre las importaciones durante los años del sistema CADIVI, lo que inevitablemente los colocó en el radar público.

En ese contexto, distintos sectores han sugerido que su expansión habría sido posible gracias a acceso privilegiado a divisas y permisos, algo que en Venezuela históricamente ha estado vinculado a relaciones con el poder político.
En los últimos años es un patrón repetido en el país, donde empresarios que prosperan en sectores altamente regulados especialmente cuando manejan importaciones a gran escala en medio de restricciones económicas.
En el caso específico de los Beirouti Ragusa, su nombre ha circulado en conversaciones políticas y mediáticas como parte de ese grupo de empresarios que habrían sabido moverse dentro del sistema, aprovechando oportunidades en medio del modelo económico chavista.
Pero, como ocurre con muchos casos similares en Venezuela, la línea entre el rumor, la percepción y la evidencia, aplica el dicho «cuando el rio suena, es por que piedras trae», es históricamente conocido que lo que comienza como cuentos, terminan siendo realidades y esta es otra más, la familia Beirouti Ragusa, es lo que conocemos como enchufados,
Venezuela es un país no se destruyó solo por decisiones políticas, sino también por la complicidad de quienes deciden aprovecharse del desorden.
Hoy, las consecuencias siguen ahí. Desconfianza, fuga de talento, y una economía marcada por desigualdades nacidas no del esfuerzo, sino de la cercanía al poder chavista.
