En las cristalinas aguas del Parque Nacional Morrocoy, un paraíso de arenas blancas y manglares, se gestaba un desastre que amenazaba con borrar su esplendor para siempre. Rosinés Chávez, hija de Chávez y flamante presidenta de Inparques, y Daniela, hija de Diosdado Cabello y ministra de Turismo, habían iniciado una cruzada que nadie podía entender.
El Parque Nacional Morrocoy se ha convertido en un abominable negocio, sin control, para los dueños de yates de alta cilindrada que acaparan los lugares más bellos del sector, con manadas de empedernidos borrachos, vulgares ricachones y petulantes malandros.
Entre mil y tres mil dólares cuesta contratar ciertos enormes yates en Tucacas que hacen recorridos por los hermosos parajes como Cayo Sombrero, Cayo Pescador, Los Juanes, Cayo Bajo 360 grados, playa Varadero, Cayo Muerto, Cayo Sal, Cuevas del Indio y de la Virgen, que se estacionan con sus poderosos equipos de sonido, consumiendo alcohol, con multitud de nuevos buhoneros de mar que se van desplazando con sus planchas de anime convirtiendo estos lugares en un mercado persa.
Hacen parrillas, llevan carbón, gasolina y leña, y montan sus simiescas rumbas y francachelas sin que nadie los vigile o les ponga orden, y lo peor de todo es que alteran y destruyen el ecosistema.
Bajo la promesa de “desarrollo y progreso”, comenzaron a conceder permisos para hoteles, casinos y complejos turísticos en las áreas más vulnerables de Morrocoy. Lo que parecía una inversión destinada a atraer visitantes escondía un crimen ecológico de dimensiones inimaginables, manglares arrasados, arrecifes cubiertos de escombros, y la fauna desplazada por construcciones que jamás debieron tocar aquel paraíso.
Mientras tanto, Víctor Clark, gobernador de Falcón y aliado histórico de Diosdado Cabello, observaba no solo en silencio, sino bajo su mandato y aprobación silenciosa. Su mirada esquiva parecía ignorar el clamor de los pescadores y los biólogos que veían cómo cada día el parque perdía un pedazo de su alma.
El grito desesperado no se hizo esperar. Desde Tucacas hasta Caracas, pasando por los rincones del mundo que aman los tesoros naturales, voces clamaban, “¡Salven a Morrocoy!”. ONG, científicos y turistas solidarios se unieron en un coro global, intentando detener lo que parecía inevitable.
Las denuncias de los moradores son cada vez más, pues están concediendo permisos para hoteles, casinos y otras construcciones en áreas protegidas y muy vulnerables, en la zona, que debería ser un santuario.
Pero mientras las decisiones se tomaban en oficinas llenas de lujo y poder, Morrocoy llora en silencio, y con cada ola llevándose un poco de su historia, cada manglar caído, dejando un hueco imposible de llenar.
Morrocoy esperaba que alguien, finalmente, actúe antes de que la tragedia se convirta en irreversible.
El tiempo corre y con él, la esperanza de un rescate parece desvanecerse.
