Lo que comenzó como hechos aislados —presuntos suicidios, tiroteos domésticos y desapariciones durante actividades cotidianas— ha ido tomando forma de un patrón inquietante en Estados Unidos. Desde 2024, al menos once científicos han muerto o desaparecido en circunstancias extrañas, y todos tienen algo en común: acceso a programas sensibles en áreas nucleares y aeroespaciales.
La propia Casa Blanca ha reconocido que sigue de cerca estos casos. El expresidente Donald Trump admitió ante la prensa que espera que todo sea coincidencia, aunque no ocultó la preocupación al tratarse de personas con perfiles altamente relevantes.
En el Congreso, las alarmas también están encendidas. Los legisladores James Comer y Eric Burlison solicitaron informes al FBI, la NASA y a los departamentos de Energía y Defensa. Desde el Comité de Supervisión advierten que existe una alta probabilidad de que algo más profundo esté ocurriendo, mientras el FBI intenta determinar si hay conexiones entre los casos.
Uno de los nombres que más ha llamado la atención es el de Amy Eskridge, investigadora de 34 años vinculada a proyectos de propulsión experimental y antigravedad. Cofundadora del Institute for Exotic Science, murió en junio de 2022 en Alabama por una supuesta herida autoinfligida. Sin embargo, había advertido previamente a su entorno que, si aparecía una versión de suicidio, no sería cierta.
También destacan tres investigadores vinculados a la NASA. Michael David Hicks falleció en julio de 2023 sin que se hiciera pública la causa de su muerte. Un año después murió Frank Maiwald en circunstancias no esclarecidas. A ellos se suma la desaparición de Mónica Jacinto Reza, vista por última vez en junio de 2025 durante una caminata cerca de Los Ángeles.
El caso de William Neil McCasland también genera interrogantes. Excomandante de alto rango, desapareció en febrero de 2026 en Nuevo México tras salir a caminar cerca de su casa. Había ocupado cargos clave en investigación militar, incluyendo instalaciones asociadas a casos históricos como Roswell.
En el ámbito nuclear, dos investigadores del laboratorio de Los Álamos también desaparecieron. Anthony Chavez fue visto por última vez en agosto de 2025, mientras que Melissa Casias desapareció en junio del mismo año en Nuevo México.
Otros casos son aún más violentos. Carl Grillmair fue asesinado a tiros frente a su casa en Los Ángeles en febrero de 2026. Su agresor ya fue detenido. Meses antes, en diciembre de 2025, Nuno F. G. Loureiro, experto en fusión nuclear, fue igualmente abatido frente a su vivienda en Massachusetts.
A esto se suman desapariciones sin rastro. Steven García desapareció en agosto de 2025 dejando atrás todas sus pertenencias, salvo un arma. Tenía acceso a instalaciones vinculadas al arsenal nuclear estadounidense. Por su parte, Jason Thomas, ligado a la biotecnología avanzada, desapareció en diciembre de ese mismo año tras salir de su casa sin teléfono ni cartera.
Ante este panorama, varios legisladores advierten que no se trata de hechos aislados. Se investiga si estas muertes y desapariciones podrían representar una amenaza a la seguridad nacional, o incluso estar vinculadas a espionaje o al silenciamiento de expertos con acceso a información altamente sensible. No se descarta la posible participación de actores extranjeros como China, Rusia o Irán, aunque hasta ahora no hay confirmación oficial y todo sigue bajo investigación.
