La imagen de Delcy Rodríguez disfrutando de un espectáculo de béisbol, en medio de la profunda crisis social y política que atraviesa Venezuela, no es simplemente una anécdota trivial: es un símbolo poderoso de desconexión entre el poder y la realidad del ciudadano común.
Mientras miles de venezolanos enfrentan salarios insuficientes, servicios públicos colapsados y restricciones a la protesta, la élite del régimen parece moverse en una burbuja donde el entretenimiento y la normalidad siguen intactos. El béisbol, históricamente uno de los pocos espacios de encuentro y alegría para los ciudadanos venezolanos, termina convertido en escenario de propaganda o evasión política.
No se trata de cuestionar el derecho individual de cualquier funcionario a disfrutar de un evento deportivo, el problema surge cuando ese disfrute contrasta de forma tan cruda con la represión documentada de manifestaciones, la persecución a la disidencia y el silenciamiento de voces críticas.
En ese contexto, la imagen pública deja de ser inocente y se vuelve política, la narrativa oficial insiste en proyectar estabilidad y control, pero las calles cuentan otra historia, protestas de trabajadores, jubilados y estudiantes han sido contenidas con medidas que muchos organismos internacionales califican como represivas, frente a eso, las sonrisas en el estadio adquieren un significado distinto: no el de la celebración colectiva, sino el de la indiferencia institucional.
Este tipo de episodios también revela una estrategia comunicacional, mostrar a altos funcionarios del régimen en actividades cotidianas o recreativas busca normalizar una situación que dista de ser normal.
Es una forma de decir: “todo está bien”, incluso cuando amplios sectores de la población sienten lo contrario,el riesgo de esta desconexión es profundo, cuando quienes gobiernan pierden la capacidad de empatizar con las condiciones de vida de su gente, se debilita la legitimidad y se erosiona aún más la confianza pública.
La política deja de percibirse como servicio y pasa a verse como privilegio.
Venezuela no necesita espectáculos que distraigan de sus problemas estructurales, sino soluciones reales, apertura democrática y respeto a los derechos fundamentales.
Mientras eso no ocurra, cada imagen de celebración en las alturas del poder seguirá siendo leída, no como un momento de esparcimiento, sino como un recordatorio doloroso de la distancia entre quienes gobiernan y quienes sobreviven.
Por: Victor Ugas

Periodista venezolano / Cuento historias / Sobreviviente de 3 prisiones de la dictadura de Maduro/ Fiel creyente en Dios
