En Caraballeda, estado La Guaira, el regreso a clases no tuvo el ruido habitual de los recreos, las carreras por los pasillos ni las aulas llenas de niños. Esta vez, el silencio fue el protagonista.
Por bitacora58.com
Sentados en el piso de la Unidad Educativa Simón Bolívar Fe y Alegría, la maestra Jorli Correa reunió a los apenas cuatro alumnos que pudieron regresar para el inicio del nuevo período escolar y dirigió una oración. Tres niñas y un niño volvieron a un colegio que todavía carga con una herida imposible de esconder.
Treinta estudiantes de esa institución murieron tras los devastadores terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio. Los sismos, de magnitudes 7,2 y 7,5, golpearon con especial fuerza a La Guaira y dejaron una tragedia que todavía se siente en las comunidades afectadas.
Las imágenes de las aulas prácticamente vacías y de una pared derrumbada en el patio cuentan una historia que ningún discurso oficial puede borrar. Allí donde antes había decenas de voces infantiles, ahora quedan pupitres vacíos y recuerdos de quienes no pudieron regresar.
La maestra Correa sabe que volver a abrir las puertas del colegio no significa que la tragedia haya terminado. Para los niños que sobrevivieron, regresar también significa enfrentarse a la ausencia de sus compañeros y al miedo que dejaron aquellos segundos que cambiaron sus vidas.
Una de sus alumnas perdió a su abuelo y a un tío durante los terremotos. Por eso, para Correa, recuperar la rutina escolar también significa ofrecerle un lugar donde pueda sentirse protegida.
“Realmente esta es tu profesión, para esto fue que naciste”, se repite la educadora mientras intenta continuar con su labor en medio de una comunidad golpeada por el dolor.
Una escuela que aprendió a convivir con el vacío
El drama no terminó cuando cesaron los movimientos de tierra. En muchas zonas afectadas, familias enteras tuvieron que abandonar sus hogares y trasladarse a otros lugares. La emergencia también golpeó directamente al sistema educativo.
UNICEF advirtió desde los primeros días que cientos de miles de niños necesitaban asistencia humanitaria y que numerosas escuelas habían sufrido daños. En el Distrito Capital, una evaluación preliminar identificó 432 centros educativos afectados.
En La Guaira, uno de los territorios más golpeados, la reconstrucción todavía convive con el duelo.
En agosto, la comunidad educativa de este colegio realizó una misa para recordar a los alumnos fallecidos. Fotografías enmarcadas y medallas fueron colocadas cerca del altar. Una mujer llegó incluso con una caja que contenía las cenizas de uno de los estudiantes.
No hubo manera de convertir aquel momento en una ceremonia cualquiera. Para los docentes, cada fotografía representaba un rostro conocido, una voz que ya no volvería a escucharse en los salones.
La profesora de Geografía Eliana García lloró durante aquel homenaje. Ella también perdió a su única hermana y reconoce su propio dolor cuando mira a los padres y niños que sobrevivieron.
Para García, enseñar en estas circunstancias significa mucho más que impartir una asignatura. Los maestros han tenido que convertirse en acompañantes, protectores y figuras de apoyo para familias que todavía intentan reconstruir sus vidas.
El terremoto también dejó escuelas heridas
Los terremotos provocaron daños en al menos siete estados y La Guaira fue identificada como la zona más afectada. Organismos internacionales han documentado daños importantes en viviendas, hospitales, infraestructura y servicios esenciales.
Las cifras oficiales sobre la tragedia fueron aumentando durante las semanas posteriores. Para agosto, reportes recogidos por medios internacionales situaban el número de fallecidos por encima de 6.000, mientras miles de personas permanecían desplazadas y cerca de 190 edificios habían colapsado.
En medio de esa devastación, las escuelas representan mucho más que edificios. Son espacios donde los niños pueden recuperar cierta sensación de normalidad después de haber perdido casas, familiares, amigos y parte de su infancia.
En la Unidad Educativa Simón Bolívar Fe y Alegría, esa reconstrucción comenzó con apenas cuatro estudiantes sentados en el piso.
Cuatro niños, una maestra y una oración.
Mientras Venezuela intenta levantarse de una de las mayores tragedias naturales de su historia reciente, esas aulas vacías recuerdan el enorme precio humano que todavía se paga y las profundas heridas que ninguna reparación de paredes podrá solucionar.
Porque en Caraballeda el regreso a clases no comenzó con alegría.
Comenzó con memoria, lágrimas y la ausencia de 30 niños que deberían haber estado allí.
Redacción Bitacora58.com con información de AP
