Más de una década después del cierre de los casinos, el póquer intenta recuperar espacio en Venezuela. El negocio vuelve a crecer, pero lo hace en un país muy diferente al que existía cuando Hugo Chávez ordenó el cierre de estos establecimientos en 2011, y donde millones de venezolanos todavía enfrentan las consecuencias de una prolongada crisis económica.
Por bitacora58.com
La reapertura de los casinos ha permitido reconstruir progresivamente una comunidad de jugadores. Manzur Pinto, gerente general del Casino del Marqués, en Caracas, asegura que el número pasó de unos 150 jugadores tras el reinicio de las operaciones a más de 1.000 actualmente.
El dato refleja una recuperación comercial, pero también expone una de las contradicciones de la Venezuela actual. Mientras el país intenta recuperar actividades de entretenimiento asociadas al consumo y al turismo, buena parte de la población continúa lidiando con salarios insuficientes, pérdida del poder adquisitivo y dificultades para cubrir necesidades básicas.
La industria que ahora intenta levantarse tampoco es la misma que desapareció en 2011.
Durante el gobierno de Chávez, los casinos y bingos fueron cerrados bajo una política que cuestionaba este tipo de establecimientos. El sector sostuvo posteriormente que aquella decisión provocó la pérdida de miles de empleos directos e indirectos y desarticuló una actividad que estaba vinculada a hoteles, restaurantes, entretenimiento y turismo.
Más de una década después, el escenario económico venezolano cambió radicalmente. El país pasó por una de las contracciones económicas más severas de su historia, atravesó un período de hiperinflación y sufrió una profunda reducción del consumo interno.
En ese contexto, la recuperación de los casinos resulta llamativa. Mientras el Estado vuelve a permitir una actividad que durante años estuvo prácticamente desaparecida del circuito formal, el poder adquisitivo de una parte importante de los venezolanos continúa muy lejos de los niveles que existían antes de la crisis.
Cómo un negocio genera tanto dinero en un país empobrecido
Pinto calcula que actualmente existen unos 15 casinos activos y que los torneos de póquer pueden movilizar entre 60.000 y 100.000 dólares mensuales en inscripciones.
La cifra evidencia que existe dinero circulando alrededor de esta actividad. Según Pinto, los establecimientos cobran una comisión de aproximadamente 15%, mientras el resto se destina principalmente a las bolsas de premios.
El verdadero reto para el sector, sin embargo, está fuera de las mesas.
Menos de 5% de los jugadores serían extranjeros. Eso significa que, por ahora, el supuesto regreso de Venezuela al circuito internacional del póquer sigue siendo limitado y depende de factores que van mucho más allá de la apertura de los casinos.
La conectividad aérea es uno de ellos. Sin suficientes vuelos internacionales y conexiones directas, atraer jugadores extranjeros resulta complicado.
También existe una realidad económica que el sector no puede ignorar. Venezuela puede tener casinos nuevamente abiertos, pero eso no significa que haya recuperado el mercado que tenía antes de 2011.
El póquer como reflejo de una Venezuela desigual
El crecimiento del póquer también deja expuesta una nueva característica de la economía venezolana. Mientras determinadas actividades vinculadas al entretenimiento, el turismo y el consumo en dólares encuentran espacios para expandirse, amplios sectores de la población siguen enfrentando una economía marcada por la desigualdad y la precariedad.
Los torneos pueden generar actividad en hoteles, restaurantes, transporte y otros servicios. Los acompañantes de los jugadores también gastan dinero y pueden contribuir al movimiento turístico interno.
Pero ese dinamismo no debe confundirse con una recuperación general de la economía.
Que un torneo pueda movilizar decenas de miles de dólares no significa que el venezolano promedio haya recuperado su capacidad de consumo. Al contrario, la expansión de negocios dirigidos a consumidores con capacidad de gastar en dólares convive con una población que durante años ha visto deteriorarse sus ingresos.
El regreso de los casinos, por tanto, representa tanto una oportunidad comercial como un retrato de las contradicciones económicas del país.
Venezuela vuelve a apostar por una industria que estuvo prohibida durante más de una década. Ahora el sector busca crecer, atraer extranjeros y convertir el póquer en un mecanismo de turismo.
El problema es que el país al que regresan los casinos ya no es el mismo.
La industria intenta recuperar el tiempo perdido, pero lo hace sobre las ruinas de una economía que todavía no termina de recuperarse. El póquer puede volver a llenar las mesas, pero detrás de esas mesas permanece una Venezuela que todavía espera recuperar algo mucho más importante que los casinos, su capacidad de vivir con dignidad.
