La molestia crece en Venezuela tras la reunión de John Barrett con Jaqueline Faría, una de las figuras más señaladas por corrupción durante los años más oscuros del chavismo. Para muchos venezolanos, la imagen del nuevo Encargado de Negocios de Estados Unidos sentado junto a quien simboliza el saqueo y la destrucción institucional del país fue una bofetada para millones que aún sobreviven entre pobreza, apagones y falta de agua.
El encuentro ocurrió en Caracas y fue presentado oficialmente como parte de conversaciones para ampliar exportaciones energéticas junto al entorno del interinato encabezado por Delcy Rodríguez.
Pero en la calle, la lectura fue otra.
Porque el nombre de Jaqueline Faría no representa progreso ni recuperación para el venezolano común, representa corrupción impune, representa promesas incumplidas, representa el cinismo de una cúpula que destruyó un país entero mientras se enriquecía obscenamente.
Farias en 2006 recibió 330 millardos de bolívares para construir el Acueducto Luisa Cáceres de Arismendi, una obra que debía abastecer con 2.000 litros por segundo a Margarita y acabar con la crisis de agua en Nueva Esparta. Debía entregarse en 2010. Han pasado 20 años y no existe la obra. El agua sigue faltando. Y nadie respondió ante la justicia.
Ese mismo año, 2006, siendo ministra del Ambiente, Jacqueline Faría prometió en un folleto oficial que «a finales de ese mismo año el caraqueño podría observar un Guaire más limpio«. Chávez hasta invitó a Daniel Ortega a bañarse en el río y hacer sancocho. Spoiler: ni el baño, ni el sancocho, ni la limpieza. El resto es el desarrollo clásico del chavismo, se invirtieron más de 14 mil millones de dólares en el proyecto, y el río, en 2026, sigue igual de marrón y hediondo que siempre. Cuando la han cuestionado sobre esto, ella misma cambia la historia: «Un río como el Guaire no puede ser saneado en el corto plazo», ha dicho.
Por eso la indignación explotó cuando apareció junto a Barrett como si se tratara de una funcionaria honorable y no de una de las caras más recordadas del desastre chavista.
La rabia no nace solo por una reunión diplomática. Nace porque el venezolano siente que el sufrimiento de años quedó reducido a una simple fotografía protocolar. Mientras familias cargan tobos y sobreviven entre servicios destruidos, los responsables del saqueo siguen moviéndose entre ministerios, escoltas y reuniones internacionales como si nunca hubieran pulverizado la riqueza del país.
El chavismo convirtió a Venezuela en un territorio de ruinas morales y materiales. Y ahora, bajo el interinato de Delcy Rodríguez, intenta vender una imagen de normalidad que choca violentamente con la realidad de hospitales abandonados, salarios miserables y millones de venezolanos expulsados de su tierra.
Quizás eso es lo que más duele. Que después de tantos años de destrucción, todavía haya quienes estrechen la mano de personajes señalados por arruinar el futuro de generaciones enteras.
