Indignación selectiva, el doble discurso del poder frente al odio.
En cualquier sociedad que aspire a llamarse civilizada, los insultos y las ofensas públicas no tienen cabida. Eso está fuera de discusión. Lo ocurrido recientemente en Madrid, donde se escucharon cánticos considerados racistas contra la dirigente venezolana Delcy Rodríguez, ha sido condenado incluso por sectores de la oposición. Pero más allá del hecho puntual, hay una pregunta que incomoda, ¿con qué autoridad moral se denuncia el odio cuando ese mismo lenguaje ha sido parte estructural del poder durante años?
El gobierno venezolano reaccionó con firmeza, calificando los hechos como una “campaña de odio” y racismo que debe cesar. Sin embargo, esa postura contrasta con una larga historia de descalificaciones desde el propio oficialismo. No es un episodio aislado, sino una narrativa que se ha repetido durante décadas.
Desde los tiempos de Hugo Chávez, el lenguaje político en Venezuela se degradó peligrosamente. Términos como “escuálidos” o “majunches” no eran simples calificativos, eran herramientas para dividir, para marcar enemigos internos. Esa línea no solo se mantuvo, sino que se profundizó.
Figuras como Diosdado Cabello han utilizado espacios del Estado, incluso la televisión pública, para señalar y ridiculizar a quienes piensan distinto. Y bajo el liderazgo de Nicolás Maduro, el discurso confrontacional ha seguido siendo norma, insultos, descalificaciones y ataques personales contra opositores, periodistas y actores internacionales.
La propia Delcy Rodríguez no ha estado al margen de este tono. En distintas ocasiones ha respondido a críticas con calificativos despectivos hacia figuras internacionales, reforzando una retórica agresiva en el plano diplomático . Incluso mientras recientemente llama a “dejar atrás el odio” , el contraste con el pasado, y con declaraciones paralelas, resulta evidente.
Por eso, lo verdaderamente ofensivo no es solo el insulto aislado que hoy se denuncia, sino la inconsistencia. Porque cuando el respeto se exige, pero no se practica, pierde peso. Cuando la dignidad se invoca, pero se niega al adversario, se convierte en discurso vacío.
Los venezolanos, dentro y fuera del país, no tienen memoria corta. Han sido testigos de cómo el lenguaje político se convirtió en arma, cómo la humillación fue normalizada y cómo disentir podía significar ser expuesto públicamente.
Hoy, frente a episodios condenables, el debate no debería limitarse a la indignación momentánea. La pregunta de fondo sigue vigente ¿es posible exigir respeto sin haberlo garantizado antes?
