Venezuela se desangra y sus líderes siguen jugando con la vida de sus ciudadanos. Hoy, la noticia que sacude los cimientos del país no viene de las calles devastadas por la escasez o de los hospitales vacíos, sino desde las paredes frías de la cárcel de El Rodeo I en Miranda donde Tareck El Aissami, el otrora jerarca chavista, escribió con su puño y letra una carta que hiela la sangre. En ella asegura que teme por su vida mientras permanece recluido en una celda de castigo, víctima de un sistema que ha destruido la nación y quebrantado las almas.

El Aissami denuncia torturas, incomunicación con su familia, violaciones al debido proceso y un juicio que él califica de oprobioso, en el marco del caso Pdvsa-Cripto, donde más de 50 coacusados enfrentan acusaciones que muchos consideran fabricadas. Describe cómo la Dirección General de Contrainteligencia Militar lo sometió a un año y nueve meses de calabozos de castigo, mientras su salud se deteriora por una hernia inguinal y la falta de atención médica, la misma que por años apoyó en contra de quien pensaba diferente.
La carta de El Aissami no es solo la denuncia de un hombre, sino un espejo de la ruina que el chavismo que él encabezó por años, donde las instituciones están quebradas, la justicia secuestrada y ciudadanos que sobreviven entre miedo y abandono.
Mientras el país se descompone en un plan de tres fases que nadie detiene, las voces que deberían proteger la vida y la dignidad humana callan o colaboran con el sistema. Y El Aissami, antes poderoso, ahora reducido a un grito contenido entre barrotes, nos recuerda que la caída del poder también puede ser la confirmación de la devastación de toda una nación.
