Venezuela tiene una de las mayores reservas de agua dulce del planeta, pero para millones de venezolanos abrir el grifo se ha convertido en un acto de esperanza. El país ocupa el noveno lugar mundial en disponibilidad de agua dulce y, aun así, ocho de cada diez hogares no reciben un suministro diario y continuo.
Por bitacora58.com
La paradoja resulta brutal. Mientras las autoridades del régimen hablan de avances y recuperación de los servicios públicos, las comunidades denuncian interminables días sin agua, tuberías deterioradas, fallas en los sistemas de bombeo y familias obligadas a buscar alternativas para poder cubrir una necesidad tan básica como bañarse, cocinar o beber.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida Encovi 2025, presentada por la Universidad Católica Andrés Bello, apenas 19% de la población cuenta con agua diaria y continua. Otro 10% recibe el servicio todos los días, pero de manera intermitente, mientras 60% dispone del vital líquido únicamente algunos días a la semana.
La realidad golpea todavía más fuerte a quienes no cuentan con un acueducto. Miles de familias deben recurrir a pozos, camiones cisterna, agua de lluvia y otras fuentes para poder sobrevivir a la precariedad del servicio.
Un país rico en agua condenado a vivir con sed
Venezuela posee cerca de un millar de ríos y enormes reservas de aguas subterráneas. Sus recursos hídricos deberían representar una ventaja extraordinaria para su población, pero el deterioro de la infraestructura convirtió esa riqueza natural en otra muestra del profundo abandono de los servicios públicos.
A comienzos de este siglo los sistemas de agua venezolanos tenían capacidad para producir y distribuir alrededor de 160.000 litros por segundo. Actualmente esa capacidad habría caído hasta unos 55.000 litros por segundo.
El desplome supera el 65% y deja en evidencia el deterioro de una infraestructura que durante años ha sufrido falta de mantenimiento, inversión insuficiente y fallas constantes.
Los datos de Monitor Ciudad también reflejan el tamaño del problema. De los 6.426 millones de dólares aprobados entre 2002 y 2015 para planes y mejoras de Hidrocapital, apenas 34,2% habría sido ejecutado.
El resultado se siente directamente en las calles. Plantas de potabilización con enormes déficits operativos, sistemas de distribución deteriorados y tuberías que pierden cantidades gigantescas de agua mientras comunidades enteras esperan durante días para recibir unas pocas horas de servicio.
El agua dejó de ser un derecho y se convirtió en un lujo
En numerosos sectores venezolanos conseguir agua ya no depende únicamente de abrir una llave. Depende del dinero disponible para comprarla.
Las familias que pueden hacerlo recurren a camiones cisterna para llenar tanques y recipientes. Pero el costo representa una carga imposible para quienes sobreviven con ingresos extremadamente bajos.
Una cisterna puede costar varias veces el ingreso mensual de un trabajador que recibe el salario mínimo, mientras los recargos por zonas de difícil acceso y servicios urgentes elevan todavía más el precio.
Así, un país que debería garantizar agua potable a sus ciudadanos termina obligando a sus habitantes a pagar en dólares por el mismo recurso que existe abundantemente en su territorio.
La crisis tampoco distingue completamente entre sectores sociales. Las fallas de los sistemas de distribución afectan a comunidades populares, urbanizaciones y distintos sectores de las principales ciudades.
En Caracas, los sistemas Tuy I, Tuy II y Tuy III han enfrentado problemas de funcionamiento y fallas eléctricas que terminan dejando a numerosas parroquias sin agua.
Mientras tanto, las redes sociales se han convertido en una especie de mapa del abandono. Vecinos de distintos estados muestran tanques vacíos, largas esperas, tuberías rotas y comunidades enteras organizándose para conseguir agua.
La imagen de una Venezuela rica en recursos naturales pero incapaz de garantizar agua a sus ciudadanos resume una de las tragedias más dolorosas de la crisis venezolana.
No se trata simplemente de la falta de agua. Se trata de familias que deben reorganizar su vida alrededor de un servicio que debería ser permanente.
Madres que almacenan cada gota disponible. Personas mayores que cargan recipientes. Niños que crecen acostumbrados a los cortes. Trabajadores que deben pagar una cisterna para poder mantener sus hogares.
El agua existe. Los ríos existen. Las reservas existen.
Lo que parece haberse perdido es la capacidad de garantizar que esa riqueza llegue de manera digna y constante a los hogares venezolanos.
Mientras el régimen presume de supuestos logros, millones de ciudadanos continúan esperando que algún día vuelva a salir agua de sus grifos.
Venezuela no carece de agua. Venezuela carece de un servicio público capaz de llevarla hasta su gente.
