La paciencia explotó en Ciudad Plaza, al sur de Valencia, donde vecinos salieron a las calles para protestar luego de permanecer más de 24 horas sin servicio eléctrico en medio de un colapso que ya parece parte de la rutina impuesta por el chavismo. Entre cacerolas, gritos y rostros agotados, las familias denunciaron pérdidas de alimentos, daños en electrodomésticos y el silencio absoluto de unas autoridades que solo aparecen para prometer lo que nunca cumplen.
La escena volvió a retratar la tragedia diaria de millones de venezolanos que sobreviven entre apagones, calor sofocante y abandono institucional. Refrigeradores convertidos en cajas vacías, ventiladores inútiles y niños pasando la noche sin poder dormir por las altas temperaturas marcaron otra jornada de angustia en una Venezuela destruida por años de corrupción, improvisación y saqueo de los servicios públicos.
Los habitantes de Ciudad Plaza aseguran que los cortes eléctricos son cada vez más frecuentes y prolongados, mientras Corpoelec y el aparato gubernamental continúan sin ofrecer soluciones reales. Muchos denunciaron que han perdido televisores, neveras y otros equipos por los constantes bajones eléctricos que golpean distintas zonas de Valencia desde hace meses.
La indignación también crece porque mientras el ciudadano común sufre para conservar un poco de comida o cargar un teléfono, la cúpula chavista continúa viviendo rodeada de privilegios. Para muchos vecinos, el llamado “interinato” de Delcy Rodríguez no representa ningún cambio, sino la continuidad de un modelo que terminó por arrasar con la calidad de vida de los venezolanos y convertir los servicios básicos en un lujo.
Lo más doloroso es que el venezolano se acostumbró a sobrevivir entre ruinas. Lo que en cualquier país sería una emergencia nacional, en Venezuela se volvió paisaje cotidiano. La oscuridad ya no solo está en las calles, también se instaló en la esperanza de quienes sienten que trabajar, luchar y construir un futuro dejó de tener sentido bajo un sistema que destruyó la electricidad, el agua, la salud y hasta la tranquilidad de la gente.
Mientras las protestas aumentan y la rabia se acumula en los barrios y urbanizaciones del país, el régimen sigue apostando al desgaste ciudadano. Pero cada apagón, cada comida dañada y cada noche sin luz se convierte en otro recordatorio de cómo el chavismo llevó a Venezuela de ser una nación próspera a un país donde tener electricidad durante 24 horas seguidas parece un milagro.
