La minería ilegal hunde a los pueblos indígenas mientras el chavismo y el interinato de Delcy Rodríguez terminan de despedazar Venezuela
La tragedia venezolana ya no se mide únicamente en pobreza, hambre o migración. En el sur del país, donde antes la selva era refugio de culturas ancestrales y fuente de vida, hoy reina el terror impuesto por la minería ilegal, los grupos armados y el abandono criminal de un Estado destruido por más de dos décadas de chavismo.
Activistas de derechos humanos denunciaron este jueves que las comunidades indígenas viven atrapadas en una creciente crisis de inseguridad marcada por la presencia de mafias armadas, explotación ilegal y violencia sin control. Lo que ocurre en el sur de Venezuela no es un accidente ni una consecuencia aislada. Es el resultado directo de un modelo político que convirtió al país más rico de América Latina en un territorio dominado por el miedo y la anarquía.
Mientras las familias indígenas sobreviven entre amenazas, enfermedades y desplazamientos forzados, la administración interina encabezada por Delcy Rodríguez impulsa una nueva ley minera que genera profundo rechazo entre líderes comunitarios. Muchos temen que esa legislación termine legalizando el saqueo definitivo de sus territorios y entregando aún más poder a estructuras criminales que ya operan con total impunidad.
La captura de Nicolás Maduro en enero durante una operación estadounidense no significó el fin del desastre. Por el contrario, el vacío político dejó al descubierto un país fracturado, donde las instituciones desaparecieron y donde quienes quedaron al mando parecen más interesados en sostener el control que en rescatar a Venezuela del colapso.
Los indígenas observan con desconfianza cada anuncio oficial porque saben que durante años el chavismo prometió protección mientras permitía que el Arco Minero se transformara en un infierno de esclavitud moderna, contaminación y muerte. En muchas zonas del sur venezolano ya no mandan las autoridades legítimas, sino hombres armados que cobran vacunas, controlan rutas y someten comunidades enteras bajo amenazas.
Lo más doloroso es que el mundo parece haberse acostumbrado al sufrimiento venezolano. La destrucción del país dejó de ser noticia constante, pero sigue avanzando silenciosamente en los rincones más olvidados. Allí donde antes corrían ríos limpios hoy hay mercurio y cadáveres. Allí donde los niños indígenas soñaban con preservar sus tradiciones ahora crecen viendo fusiles y minería clandestina como única forma de supervivencia.
Venezuela no cayó de un día para otro. Fue desmantelada lentamente por una élite política que convirtió el poder en negocio y la riqueza nacional en botín. Hoy, bajo el interinato de Delcy Rodríguez, la incertidumbre continúa y las comunidades indígenas siguen pagando el precio más alto de una revolución que prometió dignidad y terminó dejando ruinas, miedo y desesperanza.
