El secretario de Estado de EE. UU. condenó las agresiones de colonos israelíes contra periodistas y palestinos, pero su declaración abre un debate sobre la coherencia de Washington frente a los derechos humanos, la crisis venezolana y las negociaciones políticas que se desarrollan en torno al futuro del país.
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La política internacional nos trae de nuevo una pregunta incómoda, ¿por qué algunas tragedias provocan declaraciones inmediatas de indignación, mientras otras parecen quedar relegadas a un segundo plano? Las recientes palabras del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, sobre la violencia de colonos israelíes en Cisjordania contrastan con las interrogantes que persisten sobre la respuesta de Washington ante la profunda crisis económica, social y eléctrica que afecta a millones de venezolanos.
Rubio afirmó este sábado que Estados Unidos está «muy perturbado» por las imágenes de las agresiones perpetradas por colonos israelíes y aseguró que su Gobierno ha pedido a Israel tomar medidas «enérgicas» para frenar estos hechos.
La declaración se produjo después de que la fotógrafa estadounidense Heidi Levine, colaboradora de The Washington Post, y dos palestinos fueran agredidos en los olivares de Abu Falah, cerca de Ramala, en la Cisjordania ocupada. Según los reportes del incidente, un grupo de colonos habría lanzado piedras con hondas, incendiado olivares y perseguido a los periodistas y demás personas presentes. Levine y los otros afectados fueron trasladados a un hospital.
La condena de Rubio pone de manifiesto que Washington reconoce la gravedad de los ataques contra civiles y trabajadores de la prensa. Sin embargo, también plantea una interrogante legítima sobre la consistencia con la que la diplomacia estadounidense aplica sus principios cuando se trata de otras crisis internacionales.
Venezuela: una crisis que no puede quedar fuera de la conversación
Mientras el jefe de la diplomacia estadounidense expresa su preocupación por la violencia en Cisjordania, millones de venezolanos continúan enfrentando dificultades cotidianas que comprometen sus condiciones de vida. Los prolongados cortes eléctricos en distintas regiones, la precariedad de los servicios públicos y los ingresos insuficientes para cubrir las necesidades básicas siguen formando parte de la realidad denunciada por trabajadores, jubilados y familias.
En el caso de los salarios, las remuneraciones más bajas del sector público venezolano han perdido gran parte de su capacidad adquisitiva. La afirmación de que un trabajador puede recibir menos de 0,50 dólares debe precisarse según el ingreso, la fecha y la tasa de cambio utilizada, pero refleja una preocupación ampliamente extendida, la distancia entre los ingresos laborales y el costo de los alimentos, las medicinas y los servicios esenciales.
Ante este panorama, surge una pregunta que Washington también debería responder, ¿qué lugar ocupa el sufrimiento cotidiano de los venezolanos en las prioridades de su política exterior?
No se trata de restar importancia a las agresiones sufridas por periodistas y palestinos, ni de establecer una competencia entre víctimas. La violencia contra civiles merece condena en cualquier territorio. El problema aparece cuando los principios invocados para denunciar una injusticia no parecen traducirse con la misma claridad en todas las situaciones.
De las acusaciones contra el chavismo a la mesa de negociación
Otro elemento que alimenta el debate es el cambio de escenario político en Venezuela. Durante años, dirigentes estadounidenses han formulado graves acusaciones contra figuras de la cúpula chavista, incluidas imputaciones relacionadas con el narcotráfico y otros delitos. Esas acusaciones deben distinguirse de las condenas judiciales y evaluarse conforme a los procedimientos y las pruebas correspondientes.
Ahora, en medio de los contactos y negociaciones entre Washington y representantes del poder venezolano, muchos ciudadanos se preguntan qué compromisos se están discutiendo, cuáles son las condiciones impuestas y qué garantías existen de que los acuerdos respondan a las aspiraciones de la población.
La negociación diplomática no constituye, por sí misma, una contradicción,los gobiernos suelen dialogar incluso con adversarios a quienes han sancionado o acusado. La cuestión central es otra, ¿qué obtiene la ciudadanía venezolana de esas conversaciones y qué mecanismos existen para garantizar que sus derechos no queden subordinados a intereses estratégicos?
Si se negocian asuntos relacionados con el futuro político, económico o institucional de Venezuela, la transparencia, la rendición de cuentas y las garantías democráticas deberían ocupar un lugar central. De lo contrario, el diálogo corre el riesgo de ser percibido por una parte de la población como un proceso distante de sus necesidades y de sus demandas de participación.
Los derechos humanos no deberían depender de la conveniencia política
Las palabras de Rubio sobre Cisjordania recuerdan que los gobiernos tienen la responsabilidad de pronunciarse frente a las agresiones contra civiles. Pero esa responsabilidad no termina con una declaración pública: también exige medidas concretas, seguimiento y coherencia en la defensa de los derechos fundamentales.
En Venezuela, las preguntas sobre los apagones, los salarios de miseria, los presos políticos que se nos están muriendo en cárceles bajo las manos del chavismo, las condiciones de vida y el rumbo de las negociaciones internacionales siguen vigentes. Para quienes padecen esas dificultades, las declaraciones diplomáticas no bastan si no se traducen en resultados verificables.
La doble vara en política exterior es una crítica que debe examinarse a partir de hechos, decisiones y consecuencias, no únicamente de discursos. Por eso, la pregunta que queda abierta para Rubio y para la Administración de Donald Trump es directa, ¿cómo garantizar que la defensa de los derechos humanos sea un principio constante y no una postura que varíe según los intereses de cada negociación?
Porque los derechos de un periodista agredido en Cisjordania, de un palestino atacado en su propia tierra y de un venezolano que pasa horas sin electricidad y presos políticos están siendo torturados por el chavismo, o no puede cubrir sus necesidades básicas no deberían medirse con criterios diferentes.
La coherencia internacional no se demuestra solo expresando conmoción ante unas imágenes. También se demuestra explicando las decisiones que se toman, haciendo públicos los compromisos cuando corresponde y asegurando que las personas afectadas no sean simples espectadores de acuerdos que pueden determinar su futuro.
