Venezuela volvió a quedar a oscuras. Justo cuando el encargado de negocios de Estados Unidos en Caracas, John Barrett, anunciaba reuniones y planes para reconstruir la destruida red eléctrica nacional, un nuevo apagón golpeó a varios estados del país y desató otra ola de rabia, impotencia y desesperanza entre millones de venezolanos.
La ironía duele. Mientras desde las oficinas diplomáticas se hablaba de “energía confiable”, en las calles la realidad fue otra. Familias enteras quedaron sin luz, comercios paralizados, hospitales bajo presión y ciudadanos atrapados una vez más en el eterno ciclo de fallas eléctricas que el chavismo convirtió en parte de la tragedia cotidiana venezolana.
Barrett informó que sostuvo un encuentro con Rolando Alcalá, ministro de Energía Eléctrica de las autoridades interinas encabezadas por Delcy Rodríguez, para avanzar en un supuesto plan de recuperación energética impulsado por Donald Trump y Marco Rubio. El diplomático aseguró que la estrategia contempla inversión, experiencia técnica y colaboración con Estados Unidos para estabilizar el suministro eléctrico venezolano.
Pero la realidad le explotó en la cara al discurso oficial. Apenas se hablaba de reconstrucción, otra falla dejó al descubierto que el sistema eléctrico venezolano sigue siendo un cadáver sostenido con remiendos improvisados después de más de dos décadas de corrupción, abandono y destrucción chavista.
Los venezolanos ya no creen en promesas. Han escuchado demasiadas. Desde los tiempos de Hugo Chávez hasta el desastre consolidado por Nicolás Maduro y ahora bajo el interinato de Delcy Rodríguez, el sistema eléctrico se convirtió en símbolo del colapso nacional. Miles de millones de dólares desaparecieron mientras las termoeléctricas quedaron inservibles, las líneas de transmisión colapsaron y el país petrolero terminó viviendo apagones propios de una nación en guerra.
La crisis eléctrica no nació ayer. Es el resultado directo de años de saqueo, improvisación y persecución contra técnicos y especialistas que fueron desplazados por operadores políticos sin preparación. Hoy Venezuela paga las consecuencias de haber entregado su infraestructura estratégica a la corrupción y la propaganda.
Y aunque ahora el nuevo interinato intenta vender una imagen de recuperación y apertura internacional, los apagones siguen recordándole al país que la destrucción causada por el chavismo no desaparece con discursos diplomáticos ni reuniones de alto nivel.
Cada apagón revive el miedo de una población agotada. Niños haciendo tareas con velas, ancianos soportando calor insoportable, alimentos dañándose en neveras apagadas y pequeños comerciantes perdiendo lo poco que les queda. Esa es la Venezuela real que el chavismo dejó como herencia.
Porque mientras unos hablan de “planes de tres fases”, la gente sigue esperando algo mucho más básico y dolorosamente simple que parece imposible en la tierra que alguna vez fue potencia energética.
