No puedo callar lo que viví durante mis últimos 9 meses de injusto cautiverio. Allí, el hambre no es un descuido: es una herramienta sistemática de degradación.
📍 𝗜𝗻𝘀𝗮𝗹𝘂𝗯𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗲𝘅𝘁𝗿𝗲𝗺𝗮: Se nos prohibía el acceso a cubiertos. Estábamos obligados a comer con las manos, usando envases que nunca lavaban y que conservaban el olor y los restos de la comida anterior.
📍 𝗖𝗼𝗺𝗶𝗱𝗮 𝗲𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗰𝗼𝗺𝗽𝗼𝘀𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻: Era frecuente recibir sardinas licuadas con escamas y podridas, granos duros y arroz aguado sin sal. Una dieta diseñada para enfermar. En ese periodo, perdí 14 kilos de peso.
📍 𝗖𝗿𝘂𝗲𝗹𝗱𝗮𝗱 𝘆 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮: Los custodios que repartían la comida se mofaban de nuestra necesidad. Al llegar con las raciones miserables, preguntaban con sarcasmo: «¿Qué quieren comer hoy, empanadas de carne o de pollo?». Jugar con el hambre de un preso es una forma de tortura psicológica.
📍 𝗛𝗮𝗺𝗯𝗿𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲 𝘆 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻: Fuera de esa excepción, las raciones eran tan escasas que el vacío nunca te abandonaba. Se llegaba a un punto de quiebre donde, al escuchar las ruedas del carrito, sentías una alegría amarga a pesar de saber que lo que venía era asqueroso. El hambre te obligaba a desear lo que te humillaba.
📍 𝗖𝗼𝗻𝘁𝗿𝗼𝗹 𝘆 𝗺𝗮𝗻𝗶𝗽𝘂𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻: Solo hubo una excepción. Durante los eventos de la extracción de Maduro, permitieron una «paquetería especial»: los familiares pudieron traer hasta 6 kilos de comida casera preparada. No fue humanidad; fue una medida de control para evitar alteraciones y mantenernos «contentos» en un momento de tensión política.
📍 𝗜𝗻𝗰𝗲𝗿𝘁𝗶𝗱𝘂𝗺𝗯𝗿𝗲 𝗽𝘀𝗶𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗮: Sin horarios fijos ni coordinación, la comida era un privilegio arbitrario. La debilidad y el sueño eran permanentes; nunca sabías cuándo llegaría la próxima ración.
Sobrevivir al SESMAS fue una prueba física y mental extrema. Hoy denuncio estas condiciones porque el silencio solo alimenta la impunidad.
POR: NELSON PIÑERO

Libre por la verdad. Activista de DDHH en mi bella
