El miedo volvió a instalarse en Caracas. Esta vez no ocurrió en una protesta ni en una redada nocturna. Sucedió en medio del dolor, durante el sepelio de Carmen Teresa Navas, madre de Víctor Hugo Quero, el preso político que murió bajo custodia del Estado venezolano en circunstancias que todavía estremecen al país.
Mientras familiares y allegados intentaban despedir a una madre golpeada por la tragedia, periodistas que cubrían el acto en la Funeraria Vallés fueron hostigados por una persona desconocida que se dedicó a grabarlos de manera intimidatoria. El hecho fue denunciado por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa a través de sus redes sociales.
Lo más aterrador no es solamente el acoso. Lo verdaderamente grave es que en Venezuela ya nada parece sagrado. Ni el luto. Ni el dolor. Ni la muerte.
El chavismo convirtió al país en un territorio donde informar se volvió un acto de valentía y donde cualquier ciudadano que piense distinto puede terminar perseguido, encarcelado o silenciado. Hoy, bajo el interinato de Delcy Rodríguez y la estructura de poder que controla cada rincón del Estado, la intimidación contra periodistas sigue creciendo como una sombra que amenaza con tragarse la poca libertad que queda.
La escena en la funeraria retrata con crudeza el deterioro moral de una nación destruida por años de autoritarismo, censura y persecución política. Un hombre grabando reporteros en silencio mientras una familia despide a sus muertos parece una imagen pequeña, pero en realidad simboliza algo mucho más grande y peligroso. Es el mensaje de un poder que quiere que todos tengan miedo.
El SNTP ha denunciado durante años agresiones, amenazas y censura contra trabajadores de la prensa en Venezuela. Los casos se acumulan mientras la impunidad avanza.
Y mientras tanto, millones de venezolanos sobreviven entre apagones, salarios miserables, hospitales destruidos y familias rotas por la migración. El país petrolero más rico de América Latina terminó convertido en una nación donde incluso despedir a un ser querido ocurre bajo vigilancia y sospecha.
La tragedia de Carmen Teresa Navas y Víctor Hugo Quero no solo habla de una familia devastada. Habla de toda Venezuela. De un país que alguna vez soñó con prosperidad y terminó atrapado en un modelo político que dejó ruina, miedo y silencio.
Porque cuando el poder le teme hasta a una cámara de prensa en un funeral, queda claro que el problema ya no es el periodismo. El problema es la verdad.
