Durante años, el chavismo construyó su poder sobre un discurso de soberanía, resistencia y confrontación contra Estados Unidos. Vendieron la idea de una revolución invencible, de un modelo independiente y de una Venezuela capaz de enfrentar cualquier presión internacional. Pero hoy, después de la captura de Nicolás Maduro y bajo el interinato de Delcy Rodríguez, esa narrativa terminó hecha pedazos frente a los ojos de millones de venezolanos que sobreviven entre pobreza, apagones, migración y desesperanza.
¡Ya ni siquiera intentan ocultarlo!
Cada paso importante que ha dado el régimen en las últimas semanas parece responder exactamente al mismo libreto diseñado desde Washington por Donald Trump y Marco Rubio. Las piezas comenzaron a moverse una tras otra y el patrón ya resulta imposible de ignorar, solo basta con mirar unos días atrás, cuando el presidente Donald Trump, anunció que el interinato liberaría a todos los presos políticos y la noche de este martes, lo imposible se hizo realidad, fueron liberados los policías metropolitanos que tenían más de 23 años en prisión, su delito, proteger a los venezolanos aquel fatídico 19 de abril de año 2003.
Primero llegaron las liberaciones de presos políticos. Después aparecieron las licencias petroleras. Más tarde comenzaron los movimientos para la reapertura económica y ahora avanza la reestructuración de la deuda venezolana bajo autorización de la Ofac. Todo ocurre en cadena. Todo parece sincronizado. Todo apunta a una negociación donde el chavismo dejó de mandar y comenzó a obedecer.
La imagen es devastadora para quienes durante décadas juraron que jamás se arrodillarían ante “el imperio”.
Trump prácticamente lo admitió cuando aseguró públicamente que lograría la liberación de todos los presos políticos venezolanos. Y poco después comenzaron nuevas excarcelaciones masivas. Policías olvidados durante más de veinte años en cárceles chavistas recuperaron la libertad. Jóvenes detenidos arbitrariamente salieron de prisión. Familias destruidas por la persecución política volvieron a abrazarse.
El problema para el chavismo no es la liberación de inocentes. El problema es que quedó al descubierto quién está tomando realmente las decisiones.
Mientras Delcy Rodríguez intenta vender cada movimiento como una “decisión soberana”, la realidad golpea con fuerza brutal. Las decisiones fundamentales del país ya no parecen salir de Miraflores, sino de oficinas en Washington.
Y el caso de Alex Saab terminó de desnudar toda la hipocresía.
Durante años, el chavismo convirtió a Saab en símbolo de su supuesta lucha antiimperialista. Lo presentaban como diplomático, patriota y héroe perseguido. Gastaron millones en propaganda. Movieron campañas internacionales. Lo defendieron con cadenas nacionales y discursos encendidos. Pero cuando Washington activó la siguiente fase del tablero, Saab dejó de ser intocable.
Delcy Rodríguez lo entregó y luego el propio aparato chavista intentó borrar su historia. De repente, quienes lo llamaban “enviado especial” comenzaron a decir que apenas era un ciudadano colombiano con documentos irregulares. Una humillación política que incluso dejó desconcertados a propagandistas oficialistas incapaces de explicar cómo alguien supuestamente “fraudulento” ocupó espacios de poder durante más de dos décadas dentro del sistema. La revolución terminó devorándose a sí misma.
Mientras tanto, Venezuela sigue hundida.
Los hospitales continúan colapsados. Los salarios no alcanzan ni para sobrevivir una semana. Millones de familias siguen separadas por la migración forzada. Los servicios públicos destruidos reflejan el resultado de años de corrupción, saqueo y abandono. El chavismo prometió convertir al país más rico de América Latina en una potencia socialista y terminó dejando una nación quebrada, dependiente y sometida.
Ahora el interinato de Delcy Rodríguez intenta administrar las ruinas mientras negocia oxígeno político desde el extranjero.
La autorización de la Ofac para avanzar en asesorías financieras sobre la deuda venezolana dejó otra evidencia demoledora. La economía venezolana ya depende completamente de licencias emitidas por Estados Unidos. Sin Washington no hay reestructuración. Sin Washington no hay petróleo. Sin Washington no hay alivio económico. Y aun así siguen hablando de independencia.
La contradicción ya resulta grotesca, cada nueva concesión viene acompañada de nuevas exigencias y cada exigencia expone más fracturas dentro del propio chavismo.
La entrega de Saab generó molestia interna. Las liberaciones de presos políticos despertaron tensiones entre sectores radicales. Y la apertura económica está enterrando el último pedazo del viejo discurso revolucionario.
Lo que queda hoy no se parece a aquella maquinaria que prometía eternidad. Lo que queda es un poder desgastado, fracturado y atrapado entre obedecer condiciones externas o enfrentar el colapso definitivo.
El llamado “plan de tres fases” ya dejó de parecer una teoría conspirativa. Para muchos venezolanos, se convirtió en la explicación más visible de lo que está ocurriendo frente a sus ojos.
Y en medio de todo, el pueblo venezolano vuelve a pagar el precio más alto. Porque mientras las élites negocian supervivencia política, millones de ciudadanos siguen atrapados en un país destruido por años de chavismo, corrupción y promesas convertidas en cenizas.
POR BITACORA58.COM
