AME7816. CARACAS (VENEZUELA), 29/04/2026.- El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, habla durante una caravana de la Gran Peregrinación Nacional este miércoles, en Caracas (Venezuela). "Solamente han levantado 18 de las 1.861 sanciones que existen, y ya se nota. Se empieza a notar que hay una redinamización, hay un aceleramiento del desarrollo económico de Venezuela", afirmó Rodríguez. EFE/ Ronald Peña R
“Supéralo y vuelve”: el insulto que reabre las heridas de millones de venezolanos dentro y fuera del país.
Las palabras de Jorge Rodríguez no cayeron en vacío. Retumbaron como una bofetada para quienes dejaron atrás su país entre miedo, hambre y persecución. Desde el poder, el dirigente chavista pidió a los migrantes que regresen, que “superen” el resentimiento y que perdonen. Lo dijo con ligereza, como si el exilio fuese una decisión sencilla y no una huida forzada por años de crisis.
El mensaje no solo encendió la indignación, también dejó al descubierto una desconexión profunda entre la élite gobernante y la realidad de millones de venezolanos. Mientras se invita a volver, las condiciones que provocaron la migración siguen intactas. La misma estructura de poder permanece, los mismos nombres, las mismas denuncias, las mismas heridas abiertas.
En redes sociales, la respuesta fue inmediata. No desde la política, sino desde el dolor. Historias de familias separadas, de travesías por la selva del Darién, de jóvenes asesinados en protestas y de presos políticos que nunca regresaron a casa. La frase “supéralo, perdónanos y vente” terminó convertida en un recordatorio brutal de todo lo que muchos no pueden olvidar.
Casos como el de Franklin Brito, quien murió en huelga de hambre reclamando justicia, o el de Óscar Pérez, abatido tras rendirse, volvieron a circular como símbolos de una memoria que sigue viva. También los nombres de jóvenes caídos en manifestaciones y de detenidos fallecidos bajo custodia del Estado reaparecieron como respuesta colectiva a un llamado que muchos consideran ofensivo.
Más allá del discurso, lo que queda es la distancia entre dos realidades. De un lado, el poder que pide perdón sin asumir responsabilidades concretas. Del otro, millones de venezolanos que cargan con pérdidas irreparables y decisiones marcadas por la supervivencia.
Porque para quienes cruzaron fronteras con lo poco que tenían, olvidar no es una opción. Y regresar, mucho menos, mientras las causas de su huida sigan intactas.
