Mientras el productor venezolano suda bajo el sol llanero para levantar una cosecha en medio de la miseria, el abandono y la falta de combustible, en los galpones de Portuguesa se apilan millones de kilos de arroz importado listos para ser rematados a precios de hambre. La historia se repite una vez más en la Venezuela destruida por el chavismo, donde producir se convirtió en un castigo y traer mercancía del extranjero parece ser el negocio favorito de quienes hoy controlan el poder.
En Calabozo estado Guárico, productores denuncian que los silos se niegan a recibir la cosecha nacional mientras la agroindustria prefiere darle prioridad al arroz importado. La consecuencia es devastadora familias enteras que invirtieron sus pocos recursos para sembrar hoy están al borde de la quiebra porque pretenden pagarles el arroz por debajo de los costos de producción.
Lo más indignante es que esto ocurre precisamente en plena cosecha nacional. Los agricultores aseguran que los almacenes están saturados con producto extranjero mientras el arroz venezolano corre el riesgo de dañarse en los camiones o quedarse sin comprador. Una tragedia anunciada en un país que alguna vez fue potencia agrícola y que hoy sobrevive importando lo que antes producía con orgullo.
El chavismo acabó con el campo venezolano a punta de expropiaciones, controles absurdos, corrupción y abandono. Ahora, bajo el interinato de facto de Delcy Rodríguez en el manejo económico del país, la receta sigue siendo la misma destruir al productor nacional para beneficiar importaciones oscuras que enriquecen a unos pocos enchufados mientras el campesino se hunde en deudas.
En Calabozo ya no se habla de progreso sino de supervivencia. Productores denuncian que una hectárea de arroz supera los 3 mil dólares en costos entre gasoil, fertilizantes, maquinaria y transporte. Sin embargo, quieren imponer precios miserables que no cubren ni la inversión básica.
Lo más doloroso es que detrás de cada hectárea hay familias enteras que viven de la tierra. Hijos de agricultores que crecieron viendo a sus padres levantar cosechas hoy observan cómo el esfuerzo de meses vale menos que un cargamento importado negociado desde oficinas con aire acondicionado en Caracas. El mensaje del régimen parece claro producir en Venezuela no vale la pena.
Y mientras el discurso oficial habla de soberanía alimentaria, la realidad golpea sin misericordia los arrozales de Guárico. El chavismo convirtió a Venezuela en un país dependiente, donde el productor es humillado y el trabajo honesto es aplastado por negocios importadores manejados desde las sombras del poder. La destrucción del campo venezolano no fue un accidente fue una política sistemática que hoy termina de sepultar el sueño agrícola nacional.
