La tragedia volvió a golpear el corazón olvidado del sur de Venezuela. Ángel Sandoval Kuniche, indígena del pueblo mapoyo, habría resultado gravemente herido tras pisar una mina antipersonal cuando caminaba cerca de los conucos de su comunidad en la zona del Sur del Orinoco. Desde entonces, el hermetismo oficial ha sido absoluto y el país entero desconoce cuál es realmente su estado de salud.
La denuncia la hizo el periodista independiente y conservacionista Fritz Sanchez.
El caso ha encendido las alarmas entre habitantes y organizaciones indígenas que denuncian el avance silencioso de la violencia en territorios ancestrales donde antes solo se escuchaba el sonido del río y el trabajo de la tierra. Hoy el miedo se ha convertido en compañero permanente de comunidades que viven atrapadas entre el abandono y el peligro, miedtras las autoridades permanecen en silencio.

Lo más inquietante no es solamente la explosión que dejó marcado el camino de Ángel Sandoval Kuniche. Lo verdaderamente alarmante es el silencio. Ninguna autoridad ha ofrecido detalles claros. Nadie explica qué ocurrió realmente, quién responde por la presencia de minas antipersonales en la zona ni cuántas vidas más podrían estar en riesgo.
Mientras tanto, familias indígenas siguen transitando senderos convertidos en posibles trampas mortales. Campesinos, niños y ancianos caminan cada día sin saber si el próximo paso será el último. El Sur del Orinoco parece haberse transformado en un territorio donde la vida vale menos que el oro y donde las comunidades originarias sobreviven entre amenazas invisibles.
La situación deja una pregunta que duele y retumba en toda Venezuela
¿Hasta cuándo el silencio seguirá enterrando la verdad junto a las víctimas?
Porque cuando un pueblo indígena clama ayuda y lo único que recibe es hermetismo, no solo se abandona a una comunidad. También se abandona la humanidad.
