Manuel Ricardo Cristopher Figuera no es una figura que pueda explicarse en una sola etapa ni en una sola versión. Su trayectoria dentro del aparato represivo de seguridad del Estado venezolano lo ubica en el centro de una estructura señalada internacionalmente por violaciones a los derechos humanos.
Durante años ocupó posiciones clave en el chavismo, fue edecán del entonces presidente Hugo Chávez, subdirector de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) y posteriormente director del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), uno de los organismos más cuestionados del sistema de seguridad venezolano.
Su nombre aparece en informes de organismos internacionales y en listados de sanciones de Estados Unidos y Canadá por su presunta vinculación con aparatos de represión estatal. La Organización de Naciones Unidas lo ha incluido dentro de la cadena de mando asociada a violaciones graves de derechos humanos en Venezuela.
Mientras ejercía funciones de alto nivel dentro del sistema de inteligencia, distintas organizaciones de derechos humanos denunciaban en el país la existencia de detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones forzadas y persecución política.
En 2019, Figuera protagonizó un quiebre público con el gobierno de Nicolás Maduro tras los hechos del 30 de abril, y posteriormente salió de Venezuela. Desde entonces ha residido en Estados Unidos, donde ha ofrecido declaraciones a medios internacionales sobre el funcionamiento interno de los cuerpos de inteligencia venezolanos.
Sin embargo, su figura sigue siendo objeto de controversia.

En Estados Unidos existe una demanda civil en la que víctimas directas lo señalan por presuntos actos de tortura, detenciones ilegales y muertes de opositores durante su paso por los organismos de seguridad del Estado. Según registros judiciales, fue citado formalmente por la justicia estadounidense, pero no compareció ante el tribunal, lo que derivó en una sentencia en rebeldía en su contra.
Hoy, mientras se presenta en espacios públicos como testigo de lo ocurrido dentro del aparato represivo venezolano, los expedientes judiciales, las denuncias de víctimas y los informes internacionales sostienen una narrativa distinta.
Se trata de un caso que sigue abierto, tanto en el plano judicial como en el político, y que continúa siendo parte de las investigaciones sobre responsabilidad en crímenes de lesa humanidad en Venezuela.
