Mientras millones de venezolanos siguen cargando con las consecuencias de casi tres décadas de chavismo, algunos medios internacionales parecen empeñados en contar una historia mucho más cómoda sobre quienes han ocupado posiciones de poder durante este período.
Por bitacora58.com
El caso de Delcy Rodríguez resulta especialmente polémico.
Un reciente perfil publicado por The Guardian en el cual pretenden reconstruir su ascenso político y presenta a la actual interina desde una perspectiva que, para sus críticos, corre el riesgo de convertir una extensa trayectoria dentro del chavismo en una historia de transformación, pragmatismo y supervivencia política, pero no es real.
Para millones de venezolanos la historia es mucho más dolorosa.
Rodríguez no apareció ayer en el poder. Durante décadas ocupó posiciones de enorme relevancia dentro del aparato político venezolano y fue una de las figuras más cercanas al núcleo dirigente del chavismo.
Fue ministra, canciller, vicepresidenta y una pieza fundamental de distintos gobiernos del proyecto iniciado por Hugo Chávez y continuado posteriormente por Nicolás Maduro, es decir una pieza clave en la destrucción de Venezuela.
Por eso, resulta difícil hablar de su trayectoria sin hablar también de las consecuencias políticas, económicas y sociales que dejó ese modelo.
27 años que no pueden borrarse con un perfil
El chavismo lleva más de dos décadas marcando la vida política venezolana y el dolor de millones de sus victimas.
Durante ese período Venezuela experimentó una profunda transformación institucional, una prolongada crisis económica, deterioro de los servicios públicos, éxodo migratorio y fuertes denuncias nacionales e internacionales sobre restricciones a las libertades políticas y persecución contra sectores opositores.
Delcy Rodríguez estuvo dentro de ese proceso durante años:
La responsabilidad política de Delcy Eloina no puede desaparecer simplemente porque el escenario internacional haya cambiado y ahora mantenga relaciones de negociación con Washington.
Ese es precisamente el punto que sus críticos consideran ausente en determinadas aproximaciones internacionales.
La imagen de una dirigente pragmática que en el tutelaje pretenden hacerla ver como capaz de adaptarse a las nuevas circunstancias puede resultar atractiva para los grandes centros de poder, es decir Whasington, pero no necesariamente refleja la memoria de los venezolanos que vivieron la crisis desde dentro.
Del discurso antiestadounidense a la negociación petrolera
La antigua retórica antiimperialista parece haber quedado relegada frente a una realidad marcada por intereses estratégicos.
Para los críticos del chavismo, esta metamorfosis no debería convertirse en una oportunidad para reescribir el pasado.
Venezuela necesita acuerdos que beneficien a sus ciudadanos, pero también necesita memoria. Porque un país no puede reconstruir sus instituciones si antes se pretende borrar quiénes estuvieron durante años en posiciones de responsabilidad cuando esas instituciones se deterioraban.
La memoria de las víctimas no puede convertirse en una nota al pie
Detrás de las estadísticas existen familias, venezolanos que abandonaron el país buscando oportunidades. trabajadores que vieron desaparecer sus ingresos, familias separadas por la migración, presos políticos y ciudadanos que denunciaron persecución, comunidades enteras golpeadas por el deterioro de los servicios públicos.
Para ellos, la historia de los últimos 27 años no es una biografía política interesante.
Por eso genera indignación que cualquier intento de presentar a los protagonistas del chavismo, es decir los hermanos Jorge y Delcy Eloina Rodríguez, únicamente como estrategas brillantes, negociadores hábiles o pragmáticos sobrevivientes pueda terminar dejando en segundo plano las consecuencias de sus decisiones.
Venezuela necesita memoria y verdad
La apertura de una nueva etapa política no debería significar el borrado del pasado, si Delcy Rodríguez ocupa hoy un papel central en la conducción de Venezuela, su trayectoria también debe ser examinada con la misma atención que sus actuales negociaciones. El país necesita conocer quiénes fueron responsables de las decisiones que marcaron estas décadas y qué consecuencias tuvieron.
La política internacional puede cambiar de aliados, los intereses económicos pueden cambiar de dirección, los gobiernos pueden sentarse nuevamente a negociar, pero, la memoria de los venezolanos no debe negociarse.
El verdadero desafío no es construir una nueva imagen internacional para quienes estuvieron durante años en el poder.
Es responder por la historia de un país que todavía intenta levantarse del desastre institucional, económico y social que marcó a varias generaciones.
Y esa historia no puede ser maquillada con titulares elegantes, perfiles amables ni relatos de súbita transformación.
Venezuela merece memoria, verdad y responsabilidades.
No blanqueamiento.
