El petróleo venezolano vuelve a estar en el centro de una tormenta política y económica. Mientras millones de venezolanos siguen esperando una recuperación que no termina de llegar, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, defendió este martes 8 de septiembre el acuerdo petrolero alcanzado con el gobierno interino de Delcy Rodríguez y aseguró que la explotación de los campos permitirá generar ingresos para los venezolanos.
Por: bitacora58.com
Rubio hizo sus declaraciones antes de viajar a Colombia y rechazó que Washington esté utilizando el acuerdo para apropiarse de los recursos de Venezuela. Por el contrario, sostuvo que los campos incluidos en el pacto estuvieron durante años bajo influencia de empresas vinculadas con China, Rusia e Irán, por cierto, Irán también tenía algunas concesiones y ya no están ahí.
El funcionario estadounidense aseguró que el acuerdo permitirá transformar esos yacimientos en una fuente de ingresos para el país y planteó que los beneficios deberían terminar llegando a los venezolanos mediante un futuro gobierno elegido democráticamente.
Pero detrás de las promesas de inversión y recuperación económica existe un acuerdo que ha despertado fuertes cuestionamientos por el alcance de las concesiones, la participación estadounidense y las condiciones bajo las cuales fueron otorgados los derechos petroleros.
Según la Casa Blanca, North American Blue Energy Partners, NABEP, recibió derechos sobre 17 campos petroleros con reservas probadas de aproximadamente 65.000 millones de barriles. El gobierno estadounidense asegura además que tendrá una participación del 35 por ciento en la empresa y acceso preferencial a una parte de la producción a precio de costo.
La magnitud del negocio es difícil de ignorar. Washington calcula que el acuerdo podría generar alrededor de 200.000 millones de dólares en regalías e impuestos durante los primeros 25 años, mientras NABEP ha anunciado inversiones cercanas a los 100.000 millones de dólares y una meta de superar el millón de barriles diarios de producción.
Sin embargo, la controversia crece precisamente por las condiciones del pacto. Reportes recientes señalan cuestionamientos sobre la duración de las concesiones, la ausencia de un proceso competitivo y la compatibilidad del acuerdo con la legislación venezolana. Expertos también han puesto bajo la lupa la participación del gobierno estadounidense en NABEP y la estructura jurídica utilizada para garantizar sus derechos.
Rubio intentó colocar el acuerdo en otra dimensión. Para Washington, no se trata simplemente de petróleo. La administración de Donald Trump lo presenta como una pieza de su estrategia para reconstruir la industria venezolana, reducir la influencia de China, Rusia e Irán y encaminar los ingresos petroleros hacia una eventual transición democrática.
El problema es que Venezuela ya conoce demasiado bien las promesas de riqueza petrolera que nunca terminan reflejándose en la vida cotidiana de sus ciudadanos.
Durante años, el chavismo convirtió la renta petrolera en el corazón de su modelo económico y político. Ahora, después del colapso de la industria y de décadas de deterioro, el gigantesco patrimonio energético venezolano vuelve a quedar en manos de una compleja estructura de acuerdos internacionales, empresas privadas y gobiernos extranjeros.
Rubio sostiene que los nuevos campos serán productivos y que las regalías terminarán beneficiando al pueblo venezolano. La Casa Blanca, por su parte, afirma que los mecanismos de auditoría y supervisión estadounidense buscan evitar que los ingresos vuelvan a terminar en estructuras de corrupción.
La gran incógnita para los venezolanos será cuánto de esa prometida riqueza llegará realmente a hospitales, escuelas, servicios públicos, salarios y reconstrucción nacional.
Por ahora, mientras Washington celebra el alcance estratégico del acuerdo y NABEP prepara una gigantesca expansión petrolera, Venezuela vuelve a convertirse en el escenario de una disputa internacional por una de las mayores reservas de crudo del planeta.
Y esta vez, el petróleo venezolano no solo está en juego por lo que hay bajo tierra, sino por quién tendrá el poder de decidir qué hacer con esa riqueza y quién terminará beneficiándose de ella.
