Durante siete años, las entrañas del Hospital José María Vargas de Cagua fueron convertidas en un mercado negro manejado desde las sombras por quienes debían proteger la ley y garantizar la salud del pueblo. Funcionarios del CICPC, específicamente Mercy Bracho, y quien presuntamente sustraían equipos médicos, insumos quirúrgicos y materiales esenciales del principal centro asistencial de la ciudad para luego venderlos al Centro Médico y otras clínicas privadas de la zona, en un entramado de corrupción que hoy indigna a toda Venezuela.
La denuncia apunta directamente a la complicidad de la exdirectora Daila Quiñones y la exjefa de personal Joselys Lartiguez, señaladas de permitir y encubrir durante años el saqueo sistemático de un hospital que debía servir a los más humildes. Mientras los pacientes llegaban con la esperanza de salvar sus vidas, las áreas médicas eran desmanteladas pieza por pieza por una red que convirtió el dolor humano en negocio.

Lo más alarmante es que este presunto robo no ocurrió un día ni una semana. Fueron siete largos años de destrucción silenciosa, en medio del colapso hospitalario que el chavismo dejó regado por toda Venezuela. Camillas desaparecidas, equipos dañados, medicamentos inexistentes y quirófanos abandonados son parte del paisaje de ruina que millones de venezolanos conocen demasiado bien.
La tragedia del Hospital José María Vargas no es un caso aislado. Es el reflejo de un país destruido por la corrupción, la impunidad y el abandono institucional que el chavismo sembró durante décadas y que hoy continúa bajo el interinato político de Delcy Rodríguez, donde las denuncias parecieran perderse entre pactos de poder y silencio oficial.
Mientras el pueblo hace colectas para comprar gasas o jeringas, algunos funcionarios habrían hecho fortuna traficando con la salud pública. Cada equipo robado representó una operación suspendida, un paciente sin atención o una familia condenada a sufrir por falta de recursos. Esa es la verdadera dimensión de este escándalo.
Cagua merece respuestas. Venezuela merece justicia. Porque cuando se roban un hospital, no solo desaparecen equipos médicos. También intentan arrancarle al pueblo la esperanza de sobrevivir en un país devastado por quienes juraron defenderlo.
