Tenía apenas 23 años. Un expediente académico impecable. Sueños intactos y una vida por delante. Gabriel Jesús Barros Romero estaba a punto de convertirse en Ingeniero en Computación cuando el régimen chavista decidió aplastarlo sin piedad el 6 de agosto de 2017.
Desde entonces, su nombre quedó atrapado en la maquinaria de persecución que convirtió a Venezuela en una nación donde estudiar, protestar o simplemente pensar diferente puede costar la vida o, peor aún, una condena eterna.
El castigo fue brutal. Treinta años de prisión. La pena máxima.
Pero lo más escandaloso no fue solo la condena. Gabriel es civil. Nunca perteneció a las Fuerzas Armadas. Aun así, el aparato represivo chavista lo procesó por “rebelión militar”, una aberración jurídica que retrata el derrumbe total del sistema judicial venezolano bajo la sombra del chavismo y ahora bajo el interinato de Delcy Rodríguez, símbolo de continuidad de una estructura que sigue destruyendo familias, juventudes y futuros enteros.

Mientras el poder habla de soberanía y revolución, Gabriel ha sobrevivido un infierno silencioso pasando por algunos de los centros penitenciarios más temidos del país como Ramo Verde, Yare III, Rodeo III y la Mínima de Carabobo. Lugares donde el tiempo no avanza y donde los presos políticos son reducidos lentamente entre hambre, enfermedades, aislamiento y abandono.
Su caso no es una excepción. Es el reflejo más cruel de lo que el chavismo hizo con toda una generación venezolana. Jóvenes que antes soñaban con construir tecnología, empresas, universidades y progreso, terminaron perseguidos, exiliados o enterrados en cárceles oscuras mientras el país se desplomaba entre corrupción, miseria y miedo.
En 2020, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos otorgó medidas cautelares para proteger su vida debido al grave riesgo que enfrenta. Las autoridades venezolanas simplemente las ignoraron.
La salud de Gabriel se deteriora cada día sin atención médica adecuada. Su madre ha denunciado traslados arbitrarios, torturas, maltratos y años enteros de incertidumbre jurídica.
Y mientras eso ocurre, el poder sigue hablando de democracia.
Lo verdaderamente aterrador es que Venezuela se acostumbró al horror. El país donde antes miles de jóvenes soñaban con graduarse y progresar ahora produce presos políticos, madres devastadas y expedientes judiciales fabricados. El chavismo convirtió las universidades en cementerios de oportunidades y las cárceles en el destino de quienes se atreven a disentir.
Gabriel no es un número. No es un expediente olvidado entre papeles judiciales. Es una vida rota. Una juventud secuestrada por un sistema que castiga la libertad y premia la obediencia.
Y quizá ahí está la tragedia más profunda de Venezuela. No solo destruyeron la economía o las instituciones. Destruyeron el futuro de toda una generación.
Míralo. Comparte su historia. Habla de él.
El silencio y el olvido solo fortalecen la injusticia.
¡LIBERTAD PLENA E INMEDIATA PARA GABRIEL BARROS ROMERO!
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