Machado sacude el tablero y deja al descubierto la farsa electoral del chavismo.
La líder opositora María Corina Machado volvió a encender las alarmas sobre lo que muchos venezolanos denuncian desde hace años: en el país no hay elecciones reales, sino un montaje cuidadosamente controlado por el poder. Desde Washington D.C., durante la gala de la Orquesta de las Américas, Machado lanzó una advertencia directa que golpea el corazón del sistema chavista: sin un nuevo Consejo Nacional Electoral, no habrá comicios creíbles.
Sus palabras no fueron diplomáticas ni tibias. Fueron un señalamiento frontal a una estructura que, según denunció, está diseñada para perpetuar al régimen. Insistió en que cualquier elección pasa obligatoriamente por desmontar el actual CNE, al que amplios sectores acusan de responder a intereses políticos y no a la Constitución.
Pero el mensaje fue más allá. Machado puso el foco en lo que calificó como una “estructura represiva” que sigue operando en el país, recordando que cientos de venezolanos continúan presos por razones políticas. La cifra, cercana a los 500 detenidos, dibuja un panorama que dista mucho de cualquier democracia funcional. A esto se suman denuncias sobre centros de tortura y la asfixia sistemática de la libertad de expresión.
En su intervención, dejó claro que hablar de elecciones “lo antes posible” no significa aceptar cualquier simulacro. Por el contrario, exigió condiciones mínimas que el chavismo ha evitado cumplir durante años: árbitros independientes, transparencia total y un sistema que permita a millones de venezolanos —dentro y fuera del país— votar sin trabas ni manipulaciones.
Machado también apuntó a uno de los pilares más cuestionados del sistema electoral: el registro de votantes. Señaló la necesidad urgente de una depuración que corrija irregularidades y permita la actualización masiva de datos, especialmente de la diáspora venezolana, históricamente marginada del proceso.
Como golpe final, exigió observación internacional permanente y especializada, un punto que el oficialismo ha manejado con restricciones en el pasado, alimentando aún más las sospechas sobre la transparencia de los procesos.
El mensaje que deja la dirigente es incómodo para el poder, pero contundente para la ciudadanía: sin cambios reales, cualquier elección seguirá siendo vista como una puesta en escena. Y en un país agotado por promesas incumplidas, la confianza no se decreta, se construye.
