Zúrich está helada. Una brisa plateada peina la hierba de los parques y anuncia el invierno, pero la Sechseläutenplatz, luminosa a mediodía, parece desafiar la estación. Luis Magallanes, tenor venezolano e integrante del coro de la Ópera de esta ciudad suiza, se ajusta una bufanda gris para cubrirse la garganta -su herramienta de trabajo- mientras cruza la plaza hacia la estación de Stadelhofen.
«El sol de Venezuela es mucho más azul», dice y señala al cielo.
Acaba de terminar el ensayo de «La fuerza del destino», una ópera de Giuseppe Verdi que narra la historia de un amor desventurado en medio de la guerra y que trata temas que Luis conoce de primera mano: hambre, poder, exilio.
Hace solo siete años, debido a la precariedad en la que vivía, Luis tuvo que salir de su país.
A pesar de tener un trabajo en Venezuela con su correspondiente sueldo, solo le alcanzaba para la comida del día.
En ese momento, Luis no sabía si tenía que dejar atrás su sueño de ser un cantante lírico como el peruano Juan Diego Flórez, a quien había aprendido a admirar, y en lugar de eso viajar a Argentina para trabajar en una carnicería, una de las pocas alternativas de empleo que tenía aseguradas.
Se decidió por hacer el intento y no dejar atrás sus profundos deseos de cantar. Para eso, se puso a escribirle a famosos del mundo musical en Venezuela que estuvieran fuera del país y que pudieran darle una mano.
Entre ellas, la pianista venezolana Gabriela Montero, la misma que tocó en la toma de posesión de Barack Obama de 2009 junto a nombres como Itzhak Perlman y Yo Yo Ma, la que este año lo hizo frente al Papa León XIV y, hace apenas días, en la entrega del Nobel de la Paz a María Corina Machado, en Oslo.
