El testimonio de un venezolano que decidió regresar al país expone una realidad que contradice el discurso de que “Venezuela se arregló”, una frase convertida en eslogan de escaparate que circula en redes sociales y algunos espacios oficiales.
Lejos de la imagen de recuperación plena, su experiencia refleja un día a día marcado por carencias estructurales que persisten: fallas constantes en el servicio eléctrico, intermitencias en el suministro de agua y una inflación que continúa erosionando el poder adquisitivo de las familias.
En su relato, el retorno al país no representa el final de la migración, sino el inicio de una nueva etapa de dificultades. Lo que debía ser el regreso al hogar se transforma en un proceso de adaptación forzada a condiciones precarias, donde la supervivencia vuelve a ocupar el centro de la vida cotidiana.
La situación descrita por este venezolano pone sobre la mesa una realidad compleja: el retorno no siempre es un regreso a casa, sino, en muchos casos, un segundo proceso migratorio dentro de un país que aún enfrenta profundas dificultades económicas y sociales.
Expertos y organismos que estudian la migración venezolana han advertido que el fenómeno del retorno no siempre responde a una mejora interna, sino a factores externos como la irregularidad migratoria en países de acogida, la reunificación familiar o el agotamiento del ciclo migratorio. En ese contexto, volver a Venezuela no siempre significa encontrar estabilidad.
