La histórica misiónArtemis II, que ayer 6 de abril de 2026 llevó al ser humano al punto más lejanojamás alcanzado respecto a la Tierra, reabre una discusión crucial para elfuturo de la exploración: cómo proteger la vida humana fuera del escudo naturaldel planeta. El vuelo no solo representa el regreso de astronautas al entornolunar después de más de medio siglo, sino también el momento en que lahumanidad se ha internado más lejos que nunca en el espacio profundo. Para elfísico médico Omar Arias Curatolo, este viaje vuelve a colocar en el centro deldebate uno de los temas más delicados de toda misión tripulada fuera de laórbita baja terrestre: la exposición a la radiación.
Arias Curatolo, magísteren Física Médica, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Centralde Venezuela, explicó que este aspecto debe analizarse con la seriedad quemerece, porque a medida que la humanidad se aleja de la Tierra disminuyetambién la protección natural que ofrece su entorno. “Artemis II nos recuerdaque cada kilómetro que separa al ser humano de la Tierra aumenta no solo lacomplejidad operacional, sino también la vulnerabilidad biológica. Cuando seabandona esa relativa protección natural, la radiación pasa a ocupar un lugarcentral en cualquier misión tripulada”, afirmó.
El director de SEROFCA señalóque uno de los puntos más impactantes de esta misión fue que la tripulaciónalcanzó la región más remota a la que haya llegado una misión humana, duranteun sobrevuelo por el lado lejano de la Luna en trayectoria de retorno libre. Lacápsula Orion no entró en órbita lunar, pero sí rompió el récord histórico dedistancia humana respecto a la Tierra al alcanzar unas 252.756 millas, cerca de406.770 kilómetros. “No estamos hablando solamente de un récord de distancia;nos referimos a un entorno mucho más exigente, donde la protección frente a laradiación cósmica y a posibles eventos solares se convierte en una prioridadabsoluta. Esa es una de las razones por las que Artemis II tiene un valor tangrande para el futuro de la exploración espacial”, acotó.
La radiación ya no es untema secundario
Enfatizó que mientras losastronautas permanecen en órbita baja terrestre, como ocurre en la EstaciónEspacial Internacional, todavía cuentan con una protección parcial del campomagnético de la Tierra. Cuando una misión se dirige hacia la Luna, esa condicióncambia de forma importante: la nave debe atravesar regiones dominadas porradiación atrapada y luego operar mucho más allá de la protección sostenida dela magnetosfera terrestre. En ese contexto, la exposición a la radiación dejade ser un asunto marginal y se convierte en un componente central del diseño,la operación y la seguridad de la misión.
El científico venezolanosubrayó que Artemis II debe interpretarse no solo como una proeza de ingenieríay navegación, sino también como una demostración pública de que la protecciónradiológica forma parte del corazón mismo del diseño de misión. “Uno de loselementos más relevantes de la cápsula Orión es la posibilidad de configurar unárea de mayor blindaje con materiales y masa ya disponibles dentro de la nave,especialmente ante alertas por eventos de partículas solares. En términosprácticos, esta decisión operacional reconoce que en el espacio profundo laprotección es limitada y que cada kilogramo debe ser gestionado coninteligencia”, explicó. NASA ha indicado precisamente que Orion viaja consensores de radiación, dosímetros y vigilancia permanente del clima espacialpara permitir respuestas rápidas si cambian las condiciones del entorno.
Orión y el refugioradiológico: una señal de madurez tecnológica
En opinión delespecialista, este aspecto merece especial atención porque muestra un cambio deenfoque: la radiación deja de ser tratada como una amenaza abstracta y pasa aser una condición concreta de diseño, monitoreo y respuesta. “Orión incorporavigilancia dosimétrica y procedimientos que permiten a la tripulaciónreaccionar ante alertas del clima espacial con ventanas de tiempo críticas. Esohabla de una madurez tecnológica importante, porque reconoce que en el espacioprofundo el riesgo debe anticiparse, medirse y gestionarse”, sostuvo.
Arias recordó además quelas lecciones de Artemis I ya habían aportado señales alentadoras sobre estepunto. Un estudio publicado en Nature mostró que, dentro deOrion, la distribución del blindaje sí modifica de manera importante las tasasde dosis, confirmando que la arquitectura interna de la nave y la ubicación dela tripulación pueden marcar diferencias reales en la exposición radiológica.Para el experto venezolano, ese hallazgo refuerza la idea de que la protecciónen estas misiones no dependerá solo de materiales más pesados, sino también dedecisiones inteligentes de diseño y operación.
Aclaró que este tipo desoluciones no equivalen a un blindaje absoluto, pero sí representan unaestrategia realista y técnicamente sólida para reducir riesgo en misioneslunares de corta duración. “La gran lección es que el blindaje no siempredependerá de paredes gruesas o materiales imposibles de lanzar; tambiéndependerá de arquitectura inteligente, monitoreo continuo y protocolos decontingencia bien ensayados”, sentenció.
Concluyó que Artemis IIratifica la importancia de integrar múltiples disciplinas, entre ellas físicade radiaciones, medicina espacial, ingeniería de sistemas, análisis del climasolar, dosimetría individual y toma de decisiones en tiempo real. “Artemis IIdeja un mensaje inequívoco: no habrá exploración humana sostenible de la Lunani de Marte sin una estrategia de protección radiológica tan seria como la queexigimos en medicina, industria nuclear y radioterapia”, afirmó.

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Omar Arias: FísicoMédico, profesor de la UCV y director General de Serofca
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