En medio de la crisis de servicios que golpea a Venezuela, un negocio silencioso pero lucrativo crece a la sombra de la devastación ambiental: el uso de leña en restaurantes, mientras Caracas pierde aceleradamente su patrimonio vegetal.
Lo que antes era una alternativa ocasional se ha convertido en una práctica cada vez más común. Cocinas a leña, vendidas como “tradición” o “sabor auténtico”, están detrás de una demanda creciente de madera, justo en una ciudad donde ambientalistas denuncian una “epidemia de talas” y destrucción sistemática de árboles.
El fenómeno no ocurre en el vacío. La escasez de gas doméstico ha obligado durante años a miles de venezolanos a recurrir a la leña para cocinar, lo que ha disparado su valor y comercialización.
Pero ahora, esa misma necesidad ha sido capitalizada por algunos sectores comerciales, que han convertido la madera en un insumo rentable.
Según reportes se han detectado redes que cortan árboles ilegalmente en zonas urbanas para venderlos como leña en mercados informales y periferias de la ciudad.
Mientras tanto, en distintas zonas de Caracas, vecinos denuncian talas nocturnas, uso de motosierras sin permisos e incluso métodos agresivos como el “anillado” o envenenamiento de árboles para secarlos y luego retirarlos sin dejar rastro.
El resultado es visible, calles cada vez más áridas, menos sombra, más calor y una ciudad que pierde su identidad verde. Expertos advierten que esta destrucción no solo afecta el paisaje, sino que agrava problemas como la contaminación, las inundaciones y el aumento de temperaturas urbanas.
A nivel nacional, la situación es aún más alarmante. Venezuela perdió decenas de miles de hectáreas de bosque en los últimos años, mientras el uso de leña sigue expandiéndose como sustituto energético.
El contraste es crudo, mientras los árboles desaparecen, el negocio crece. Restaurantes promocionan carnes “ahumadas a la leña” y hornos tradicionales, sin que exista un control claro sobre el origen de esa madera.
Para muchos, no se trata solo de crisis, sino de un modelo que está normalizando la destrucción.
Caracas, conocida alguna vez por su verdor, enfrenta hoy una pregunta incómoda:
¿cuántos árboles más deben caer para sostener el fuego de este negocio?
