“Minuto de silencio por el chavismo originario, que se tragó sus palabras después de pasar 27 años diciendo que jamás le entregarían el país a Estados Unidos”.
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Con estas pocas palabras, Juan Pablo González, reconocido twittero, (antes se deominaban así, ahora no sabemos como llamarlos con el cambio de nombre a X), resumió una de las mayores contradicciones que enfrenta hoy el proyecto político iniciado por Hugo Chávez.
Una corriente que durante décadas construyó su discurso alrededor del antiimperialismo, la confrontación con Washington y la defensa de una supuesta soberanía absoluta, ahora parece obligada a replantear su relación con el mismo país que durante años presentó como el gran enemigo de Venezuela.
El señalamiento apunta directamente a una de las principales banderas históricas del chavismo. Desde la llegada de Chávez al poder, el discurso oficial convirtió a Estados Unidos en el antagonista permanente. La narrativa insistía en que Venezuela no se sometería a los intereses de Washington y que el petróleo, los recursos naturales y las decisiones del país permanecerían bajo control venezolano.
Durante años, cualquier acercamiento con Estados Unidos era presentado como una amenaza a la soberanía. Las críticas contra gobiernos opositores, empresarios y sectores que defendían relaciones más estrechas con Washington eran acompañadas por acusaciones de “entreguismo” y subordinación.
Pero el escenario político cambió:
Ahora, quienes durante 27 años aseguraron que jamás entregarían Venezuela a los intereses estadounidenses enfrentan una realidad que contradice buena parte de aquel discurso. Los acuerdos, negociaciones y entendimientos con Washington han pasado de ser denunciados como una traición a convertirse, dependiendo de las circunstancias, en herramientas necesarias para intentar recuperar la economía y la industria petrolera.
La contradicción es precisamente lo que González coloca sobre la mesa:
El problema no es únicamente que una fuerza política cambie de posición. En política, los gobiernos pueden modificar sus estrategias cuando cambian las circunstancias. El cuestionamiento surge cuando aquello que ayer era considerado una traición a la patria, hoy es presentado como una decisión necesaria o incluso como un “hito histórico”.
El chavismo construyó durante años su identidad sobre consignas que parecían inamovibles. Sin embargo, cuando las condiciones políticas y económicas cambiaron, muchas de esas líneas rojas comenzaron a desdibujarse.
Y allí aparece la frase de González como una especie de epitafio político: “minuto de silencio por el chavismo originario”.
Porque si algo queda expuesto es que las consignas pueden sobrevivir mientras resulten políticamente útiles, pero desaparecen cuando dejan de servir a quienes las pronunciaron.
Después de 27 años de discursos contra el “imperialismo”, la pregunta que queda sobre la mesa es inevitable, ¿qué ocurrió con aquel chavismo que juraba que Venezuela jamás se pondría bajo la influencia de Washington?
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